Las Pónticas (Ovidio) - pág.45
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Enfermo y agotado, vuelvo los ojos hacia el médico; asísteme mientras conserve el último aliento de vida. Quiero que me prestes los auxilios que te daría si fuese más vigoroso, ya que eres tú la más fuerte. Esto lo reclama nuestro mutuo amor, el pacto conyugal, y lo exige, esposa mía, tu proceder intachable, como también la familia a que perteneces, para honrarla con tus esfuerzos no menos que con tus prendas excelentes. Si olvidas la abnegación de esposa, aunque hagas prodigios, nadie osará creer que cultivas la amistad de Marcia. No soy indigno de tu afecto, y si quieres confesar la verdad, dirás que merezco de tu parte la mayor gratitud. Cierto que me vuelves con usura la deuda, y la envidia, aun queriendo, no sabría encarnizarse contigo. Sin embargo, a tus pasados servicios añade este otro: que mis desgracias te infundan gran atrevimiento y trabajes por que me releguen a tierra menos dañosa: así habrás cumplido todos tus deberes.
Mucho pido, pero tus súplicas desarmarán el odio, y cuando no consigas tu pretensión, la repulsa no te expondrá al peligro. No te enojes conmigo si te exhorto tantas veces en mis versos a que hagas lo que haces seguramente, y a que seas siempre la misma. El sonido de la trompeta suele enardecer a los bravos, y el caudillo con sus voces incita el coraje de los combatientes. Tu honradez es bien conocida, y vivirá largos siglos: que tu constancia no aparezca inferior á tu honradez. En mi defensa no tienes que empuñar la segur de las Amazonas, ni manejar con diestra mano el recio escudo; tienes, sí, que implorar de un numen, no que me sea favorable, sino que temple la cólera que antes descargó sobre mí. Si no recabas favor alguno, las lágrimas te ayudarán a obtenerlo: no acertarás con mejor recurso para ganarte a los dioses, y mis desdichas se encargarán de que asomen a tus ojos. A la que se llama mi esposa nunca le faltan motivos de llanto; temo, según van mis negocios, que llores toda la vida: tales son las riquezas que te suministra ¡ni fortuna.
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