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Las Pónticas (Ovidio) - pág.35

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Estoy convencido de que los dioses se empeñan en que todo me sea contrario y de que me es imposible burlar el rigor de la fortuna; ha re­suelto perderme, y la que solía ser voluble, es cons­tante y tenaz en perseguirme. Créeme, si me tienes por hombre veraz, y no cabe exageración en el re­lato de mis sufrimientos. Contarás las espigas de los campos de Cinifia y los innumerables tomillos que florecen en el Hibla, y sabrás cuántas especies de aves se elevan con sus rápidas alas por los aires, y las de los peces que bogan en las aguas, antes que calcules el número de los trabajos que he padecido en la tierra y el mar. En todo el universo no hay pueblo más truculento que el de los Getas; sin em­bargo, éstos han gemido al conocer mis infortunios, que formarían una larga Ilíada con sus tristes azares, si pretendiese enumerarlos en mis versos.
No temo, pues, porque recele falsías en tu amistad, de la que me diste mil pruebas, sino porque todo mísero se vuelve tímido, y de largo tiempo mis puertas se han cerrado a la alegría. Ya mi dolor se ha hecho costumbre; como horada la peña el agua en su caída incesante, así yo me veo destrozado por los continuos golpes de la adversidad, que apenas hallará parte en mi cuerpo donde producir nuevas heridas. La reja del arado se desgasta menos al con­tinuo frote, y la vía Appia padece menos con el tránsito de las veloces ruedas, que mi pecho se lace-ra por la no interrumpida serie de trabajos, sin acertar con la medicina que lo libre de sus dolores. Muchos solicitan la gloria cultivando las artes libe­rales, y yo, desventurado, me perdí por mis dotes poéticas. Mi vida anterior fue digna y deslizóse sin mancha, lo cual no me sirvió de ningún alivio en la miseria. Perdónase a veces una culpa grave por las deprecaciones de los amigos, y todas las amistades enmudecieron en mi defensa. La presencia favorece a otros en los críticos momentos, y la borrasca pro­celosa me aniquiló hallándome ausente.


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