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Las Pónticas (Ovidio) - pág.29

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Sí, te conozco bien; si eres al presente el de otro tiempo y tu temple conserva su grandeza, cuanto más se encone la adversidad le opones ma­yor resistencia, y, como lo, demanda el honor, te resistes a ser por ella vencido. El valor del enemigo acrisola el tuyo, y así la misma causa me favorece y a la vez me perjudica.
Sin duda, clarísimo joven, estimas indigno de ti servir de cortejo a la diosa que se alza en la instable rueda; tu constancia es inquebrantable; y ya que las velas de mi destrozada nave no se yerguen altivas, como quisieras, las riges del modo que se hallan. Estas ruinas peligrosas y a punto de derrumbarse, aun se sostienen apoyadas en tus hombros. En el primer instante tu cólera fue justa, y no menor que la de aquel que se irritó contra mí viéndose ofendi­do. El resentimiento que alteró el pecho del divino César jurabas sentirlo con la misma intensidad; mas luego que supiste, el origen de mi desdicha, es fama que lamentaste mis errores. Una carta tuya vino entonces a proporcionarme el primer consuelo y a infundirme la esperanza de que podría ablandarse el dios ofendido. Entonces recordaste la firmeza de mi larga amistad, que había comenzado antes de tu na­cimiento. Si con la edad granjeaste otros amigos, al nacer ya lo eras mío, y te di los primeros besos cuando aún te mecías en la cuna, y habiendo desde mis tiernos, años honrado siempre a tu familia, aho­ra la desgracia me fuerza a ser para ti una antigua carga. Tu padre, dechado de la elocuencia romana, y cuya facundia se igualaba con su nobleza, fue el primero que me incitó a confiar mis escritos a la fama y el guía de mi juvenil ingenio; tengo la certeza de que tu hermano no acertaría a señalar la fecha en que comenzó la amistad que nos profesamos, pues te amé sobre todos y en la próspera y adversa for­tuna tú fuiste el objeto único de mi afección. Las últimas playas de Italia viéronme en tu compañía y recibieron las lágrimas que resbalaban por mis tris­tes mejillas.


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