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Las Pónticas (Ovidio) - pág.21

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Quien pudo, Máximo, a quien tú en vida reve­renciabas como un Dios, te ha rendido los últimos honores; él dispuso tus exequias, él hizo a tus des­pojos sentidas demostraciones, y esparció el amomo sobre tu helado seno, en su dolor diluyó los un­güentos con las lágrimas que derramaba, y guardó tus cenizas en una tierra vecina. El que así cumple con los amigos fallecidos sus deberes, bien haría en contarnos igualmente entre los muertos.
X

A FLACCO
Desde su destierro, Nasón saluda a su amigo Flacco, si alguien puede enviar aquello de que care-ce. Mi cuerpo, aniquilado por tantos embates, desde hace tiempo languidece, incapaz de recobrar sus perdidas fuerzas. No siento ningún dolor, no me abrasa ninguna fiebre sofocante, y la sangre circula por mis venas de un modo regular; pero con el mal gusto de boca, repugno las viandas que me ponen en la mesa, y me aflige que llegue la hora aborrecida de comer. Sírveme los pescados del mar, los frutos de la tierra y las aves del aire, y no hallaré nada que estimule mi apetito. Si la hermosa Hebe con solícita mano me brindase el néctar y la ambrosía que be-ben y comen los dioses, su rico sabor no excitaría mi paladar embotado, y como un peso incómodo fatigaría tenazmente mi estómago. No me atrevo a escribir estas molestias sobrado reales a, cualquiera, por el temor de que llame delicadezas a mis padeci­mientos; en verdad que, dada mi situación y el as­pecto de mi fortuna, las delicadezas estarían en su lugar; yo se las deseo tales como las pruebo, al que estimó que la ira de César fue harto benévola con­migo. Hasta el sueño, reparador alimento de un or­ganismo debilitado, no cumple sus deberes restaurando las fuerzas del mío. Paso la noche en el insomnio, y me desvelan de continuo las aflicciones a que dan pábulo las tristezas del lugar. Así, aun viéndolo, apenas reconocerías mi rostro, y pregun­tarías: «¿Adónde huyó el color que antes lo sonro­saba?» Gotas escasas de sangre sostienen mis débiles miembros, ya más pálidos que la cera re­ciente.


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