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Las Pónticas (Ovidio) - pág.19

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Ojalá me fuera dado reemplazar su pérdida cul­tivando aquí un huertecillo que entretuviese mi des­tierro. Yo mismo, si pudiera, apoyado en mi báculo, llevaría a pacer las ovejas y las cabras que trepan por las rocas; yo mismo descargaría el pecho de cuitas incesantes, guiando los robustos bueyes uncidos al corvo yugo, y aprendería el lenguaje que conocen de oírlo a los Getas, añadiendo los gritos amenazado­res que acostumbran proferir; yo mismo, sujetando con la mano el arado que hiende la tierra, aprendería a esparcir la semilla en el surco removido, no titu­bearía en limpiar de brozas el campo con el largo azadón, y llevaría a mi sediento huerto el agua que reclamase; pero ¿cómo dedicarme a tales ocupacio­nes si apenas se alza un muro y una cerrada puerta entre mí y el enemigo? Los fatales dioses hilaron pa­ra ti estambre de felices agüeros en el momento de, nacer; ya frecuentas el campo de Marte, ya paseas a la sombra del pórtico, ya en el foro al que dedicas breves instantes, ya la férvida rueda te conduce por la vía Appia derecho a tu casa de Alba; una vez allí, acaso deseas que César temple su justa cólera, y tu villa me sirva de refugio. Es demasiado, amigo, lo que pretendes; modera tus deseos, te lo suplico, y reprime el vuelo audaz del pensamiento. Yo viviría satisfecho en tierra menos lejana y menos expuesta a los trances de la guerra, sintiéndome aligerado de una gran parte de mis sufrimientos.
IX

A MÁXIMO
Apenas recibida la epístola tuya que me anun­ciaba la muerte de Celso, la he regado con mis lá­grimas, y, lo que me cuesta decir, lo que nunca juzgué posible, la he leído bien, a pesar mío. Desde que habito en el Ponto, no había llegado a mis oí­dos noticia tan dolorosa, y ojalá sea ésta la última. Su imagen se ofrece a mis ojos como si le tuviera presente, y mi amor aún le cree vivo. Recuerdo mil veces el abandono con que se entregaba a las diver­siones, y su probidad inmaculada en los negocios graves.


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