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Las Pónticas (Ovidio) - pág.18

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Éste, fiel a la memoria, de su alta nobleza que acreditaba con el valor, lanzóse al campo rodeado de innumerables guerreros, y no se retiró hasta que con la muerte merecida de los culpables, llevando al extremo la venganza, é mismo incurrió en la nota de culpable. ¡Oh, rey valentísimo de nuestra época!, ojalá tu mano gloriosa empuñe siempre el cetro, y lo que vale más, ¿podría descarte gloria mayor?, ojalá recibas el aplauso de la belicosa Roma y de su excel-so César. Vuelvo al punto de partida. Me quejo, ca­rísimo amigo, de que el estrépito de las armas venga a acrecentar mis dolores. Cuatro veces el otoño ha visto, surgir las Pléyadas, desde que carezco de vuestra compañía sepultado en estas riberas infer­nales. No vayas a creer que Ovidio suspira por las diversiones de la vida romana, y, no obstante, las echa de menos con pesar.
Pues ya, dulces amigos, os hacéis presentes a mi memoria, ya pienso en mi hija y mi cara esposa, y después me imagino que salgo de casa y paseo por los sitios más hermosos de la ciudad, y los recorro todos con los ojos del pensamiento y visito las pla­zas, los palacios y los teatros revestidos de mármol,
o los pórticos de suelo igualado y el césped del campo de Marte, desde donde se contemplan jardi­nes, deleitosos, y los estanques y las aguas de Euripo y la fuente Virginal. ¿Por ventura, al arrebatarse a este mísero los placeres de Roma, se le permite go­zar de otra campiña cualquiera? Mi ánimo no se obstina en apetecer los campos perdidos, o los sembrados fértiles de la comarca de los Pelignos, ni los jardines plantados en las colinas que sombrean los pinos, y se descubren en el punto donde la vía Clodia se junta con la Flaminia, jardines que yo mismo cultivé sin saber para quién, y a los que solía, no me avergüenza confesarlo, conducir las aguas de la próxima fuente. Si existen todavía, allá se yerguen árboles en otros tiempos por mí plantados, pero cu­yos frutos no ha de recoger mi mano.


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