Las Pónticas (Ovidio) - pág.4
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Añádase el aspecto del país, sin árboles ni verdor, donde el invierno sucede inmediato al invierno transcurrido, y ya es el cuarto que me fatiga luchando contra el frío, las saetas y la crueldad del destino. Mis lágrimas sólo cesan cuando pierdo el sentido, y caigo en tal postración, que se asemeja a la muerte. ¡Dichosa Níobe, que al ver la muerte de sus hijos perdió el sentimiento de su dolor, convirtiéndose en una roca, y vosotras también felices las que al clamar por Faetón os visteis de pronto convertidas en álamos, y desgraciado de mí que no consigo transformarme en árbol y pretendo en vano convertirme en roca! Aunque la misma Medusa se ofreciese de súbito a mis ojos, la misma Medusa sería incapaz de petrificarme. Vivo condenado a sentir sin descanso la amargura de mi situación, y la lentitud de las horas agrava mis penas. Así las destrozadas entrañas de Ticio vuelven a renacer y no perecen jamás, para que sufra eternamente. Cuando me rindo al sueño, descanso y general medicina de cuitas, confiado en que la noche me libre de dolores incesantes, los sueños me aterran reproduciéndome desgracias verdaderas, y los sentidos vigilan y se gozan en atormentarme. Ya me figuro que hurto el cuerpo a las flechas de los Sármatas, o que entrego al hierro duro las cautivas manos; y si me engaña la imagen de un sueño delicioso, contemplo mi casa de Roma abandonada, donde charlo largamente con vosotros, amigos que tanto me estimáis, o con la esposa querida de mi corazón, y apenas he saboreado un placer fugitivo e imaginario, la dicha momentánea viene a recrudecer mis males presentes; y ya el día ilumine esta miserable cabeza, ya galope en los caballos de la noche que trae las heladas, mi pecho, quebrantado por incesantes golpes, se deshace como la cera reciente se liquida al contacto del fuego.
A veces llamo a la muerte, y al mismo tiempo le suplico que me perdone por no dejar mis restos sepultados en el suelo de los Sármatas. Cuando pienso en la inagotable clemencia de Augusto, creo que podría dar a los náufragos playas menos salvajes; pero cuando pienso en la tenacidad del destino que me persigue, caigo en el abatimiento, y mis leves esperanzas se desvanecen, vencidas por el temor.
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