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El remedio del amor (Ovidio) - pág.18

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Vagaba con los cabellos alborotados, como la turba de las Bacantes que suelen ir cada tres años a celebrar las orgías de Baco en el monte Edón, y ya tendía la vista a lo le­jos por la inmensa llanura del mar, ya muerta de fa­tiga se desplomaba en la arenosa playa. «¡Pérfido Demofonte!», gritaba a las insensibles olas, y los sollozos interrumpían sus quejas lastimeras. Una estrecha senda, cubierta de opacas sombras, condu­cía hasta el litoral, y la desdichada lo recorre ya por la novena vez. «Sabrá mi resolución », dice, y cu­bierta de palidez, mira la faja que ciñe su pecho, mi-ra las ramas de los árboles, vacila, condena el hecho que se apresta a realizar, tiembla y se lleva las manos al cuello. ¡Desgraciada Filisi, ojalá no te encontraras sola en aquel trance; los árboles de la selva, desnu­dándose de sus hojas, no habrían llorado tu suerte lamentable.
Joven que sientes los rigores de tu amiga, don-cella que sufres los desvíos del mancebo, huid de la soledad, aleccionados por el ejemplo de Filis. Un mozo que obedeció fielmente los consejos de mi Musa, consiguió arribar a puerto de salvación; mas tropezando una turba de amantes fervorosos, vino a recaer, víctima de los dardos que Cupido llevaba ocultos. Si amas y quieres verte libre, evita la com­pañía de los enamorados: este contagio alcanza al hombre lo mismo que a los rebaños. Mientras los ojos contemplan las heridas ajenas, siéntense heri­dos a su vez, y al ponerse los cuerpos en contacto, se transmiten muchas dolencias. En un campo de áridas glebas suele suceder que mane el agua filtrada de próximo río; así resurge el amor que parecía ex­tinguido, si no evitamos la compañía de los que aman; pues en este particular todos somos ingenio­sos para engañarnos. Tal que por fin estaba sano, recayó por la vecindad de un enfermo; otro se sintió desfallecer a la presencia de la que fue su amiga; la cicatriz, mal curada, descubrió la antigua herida, y mis lecciones no le sirvieron de ningún provecho. Con dificultad te defenderás del incendio que des­truye la casa vecina; te será, pues, conveniente no frecuentar los sitios donde pase tu amada.


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