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El remedio del amor (Ovidio) - pág.16

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Hay dolencias que apenas alcanza a curar el rigor del hierro, y otras que se aplacan con los jugos de ciertas hierbas saludables. Si eres débil, y no tienes resolución para huir y librarte de tus cadenas, y el Amor, cruel, oprime tu cerviz con su planta, cesa de luchar, deja que los vientos impulsen tus velas, y sigue, ayudado del remo, la dirección que te impo­nen las olas. Necesitas templar la sed ardiente que te devora, lo, reconozco, y te permito calmarla en me­dio del río; pero bebe mucho más de lo que reclama tu ansiedad, hasta que arrojes por la boca el agua que acabaste de sorber. Goza sin descanso de tu amada, sin que nadie te lo prohiba; dedícale tus no­ches y tus días; apura el placer hasta la saciedad, y ésta se encargará de la curación de tus males; per­manece junto a ella aunque puedas vivir sin tenerla delante, y así que te hayas hartado de placeres, y los excesos te produzcan hastío, ya no te agradará pisar los umbrales de su casa aborrecida. El amor perdura largo tiempo alimentado por los celos; si quieres ahogarlo en tu pecho, ahoga la desconfianza. Toda la ciencia de Macaón sería impotente para sanar al que teme perder su querida o que un rival se la qui­te. La madre de dos hijos siempre sufre más por aquel que sirve en el ejército, cuya vuelta es tan in­segura.
Junto a la puerta Colina álzase un templo vene­rable, al que dió su nombre el elevado monte Erix; allí reina el Olvido del Amor, que sana los corazo­nes enfermos sumergiendo sus antorchas en las frías ondas del Leteo; y allí corren los jóvenes a pedirle el alivio de sus penas, y las doncellas locamente ena­moradas de un hombre insensible. Este numen me habló así (dudo si fue el verdadero Cupido o la ilu­sión de un sueño, pero me inclino a lo último): «¡Oh tú, que, solícito, ya enciendes, ya extingues las lla­mas de Venus, Ovidio!; añade a tus lecciones este precepto mío: represéntese cada cual el cuadro de sus males, y olvidará sus amoríos.


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