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El remedio del amor (Ovidio) - pág.14

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La hermosura de Procne habría satisfecho al tirano de Odrisia, a no palidecer ante la de su hermana, a quien retenía prisionera.
¿Mas a qué me detengo con tan innumerables ejemplos que producen fatiga? Siempre un nuevo amor acaba con el precedente. La madre de varios hijos soporta mejor la pérdida de uno de ellos que la que exclama llorosa: «Tú eras mi único consuelo.» No vayas a figurarte que te alecciono con nuevas máximas: ojalá me perteneciese la gloria de esta in­vención. El hijo de Atreo ya las conoció, ¿y cómo no creerlas lícitas el que disponía a su arbitrio de toda la Grecia? Vencedor del enemigo, cautivó y amó a la joven Criseida; pero su anciano padre albo­rotaba el campo a fuerza de lamentos. Viejo estóli­do, ¿por qué lloras así? Los dos amantes son felices, y con tu empeño por rescatarla, vas a perder a tu hija.
Calcas, seguro de la protección de Aquiles, pide que se restituya la cautiva, que por fin volvió a la casa paterna, y entonces exclama el hijo de Atreo: «Hay otra que compite con su beldad, y lleva el mismo nombre variando la primer sílaba; exijo que Aquiles me la ceda de buen grado, poniéndose en lo justo; de lo contrario sentirá la fuerza de mi poder. Aqueos, si alguien de vosotros vitupera mi resolu­ción, sabrá lo que vale el cetro empuñado por mi mano vigorosa; pues si siendo yo el rey no consigo que Briseida participe de mi lecho, habré de dar li­cencia a Tersites para que me suplante en el reino.»
Así dijo, recibió a esta joven en compensación de la primera, y olvidó la antigua cuita en sus brazos amorosos; del mismo modo, imitando a Agamenón, abrásate en dos llamas a la vez, y que tu pecho se divida entre dos mujeres. ¿Dónde encontrarlas?, me preguntas. Anda, déjate guiar por mis reglas, y bien pronto tu nave se llenará de lindas jóvenes.
Si mis preceptos se estiman de algún valor, y Apolo por mi boca enseña algo que sea útil a los mortales, aunque te tuestes, desdichado, en el fuego del Etna, haz por aparecer en presencia de tu amada más frío que el hielo; simula hallarte sano aunque te aflija la dolencia, y ríe estrepitosamente cuando ten-gas motivos para llorar.


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