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El remedio del amor (Ovidio) - pág.13

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Aprovecha, pues, la fuerza del número, reúne las advertencias que te dirijo, y forma con to-das un haz apretado. Mas como son tan distintos los caracteres y fisonomías de las personas, no todas se han de guiar por mis prevenciones. El hecho que no ofende a tu conciencia, a juicio de otro acaso constituye un delito. Éste sintió paralizarse su amor en mitad de la carrera, porque el cuerpo desnudo de su amiga dejó al descubierto las partes vergonzosas, aquél porque al incorporarse cansada de los deleites de Venus notó señales repulsivas en el inmundo lecho. Los que pudisteis mudar de conducta por tan leves motivos, jugabais con el fuego: tan débil era la llama que encendía vuestros pechos. Mas que el ni­ño alado ponga bien tirante la cuerda de su arco; presto la turba de los heridos vendrá a pedir eficací­simos auxilios. ¿Qué diré del que se oculta y sor­prende a su amada en el momento de hacer sus necesidades, y ve lo que la decencia siempre ha prohibido que se vea? No quieran los dioses que aconsejemos a nadie este atrevimiento; tales recur-sos, aunque provechosos, no deben ponerse en práctica; pero apruebo que tengáis al mismo tiempo dos queridas, y el que pueda aumentar el número aun se sentirá más fuerte. Cuando la inclinación se divide entre dos personas, la influencia de la una debilita el poder de la otra. Los ríos caudalosos menguan divididos en multitud de arroyos, y la lla­ma se extingue quitándole la leña de que se alimen­ta. Una áncora no basta a sujetar las barnizadas naves, ni un solo anzuelo a quien pesca en las co­rrientes aguas. El que de antemano se preparó un doble solaz, desde entonces aseguró su victoria so­bre la fortaleza enemiga. Ya que te entregaste con tan poca cautela a una sola, busca al menos desde ahora su nueva rival. El infiel Minos, subyugado por Procris, traicionó a Pasífae, y la primera esposa ven­cida cedió el puesto a la segunda. El hermano de Anfíloco sepultó en el olvido a la hija de Fegea des-de el momento que Calirroe le admitió en su lecho, y Enone hubiese dominado a Paris muchos años si no se lo arrebatara la concubina de Esparta.


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