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El remedio del amor (Ovidio) - pág.12

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Revienta de despecho, mordaz envidia; ya he conquistado gran fama, y aun será mayor si conti­núo, del modo que comencé. Te apresuras demasia­do; como yo viva tendrás que dolerte en mil ocasiones, porque en mi cerebro bullen proyectos de otros muchos poemas. Amo la gloria, y el honor conquistado, estimula mi genio. Nada más se fatiga mi corcel al comenzar la ascensión de la montaña. La elegía se reconoce tan deudora a mis esfuerzos como la noble epopeya a los de Virgilio. Con esto respondemos ala envidia. Poeta, refrena tu corcel y gira en el círculo que te has trazado. Así que te in­citen los placeres tan gratos a la juventud y se acer­que el momento de la noche prometida, a fin de que no te dominen los transportes de la amiga que es­trechas ardoroso en tus brazos, quiero que antes busques y tropieces una cualquiera que satisfaga tus anhelos de voluptuosidad. El placer que sigue in­mediato a otro es menos intenso, y diferido tiene menos aliciente. Con el frío buscamos el sol; si éste nos quema, la sombra, y el agua deleita a la boca angustiada por la sed. Me sonroja, pero lo diré: en tus luchas pasionales, elige la postura que creas me-nos favorable a tu amiga. La cosa no es difícil; pocas se confiesan a sí mismas la verdad y reconocen lu­nar alguno en su belleza. Entonces, te lo ordeno, abres todas las ventanas y a plena luz contempla las máculas de su cuerpo. Mas así que hayas agotado el placer hasta las heces, y tu cuerpo y tu alma se de­rrenguen de lasitud, tanto que, lleno de hastío, qui­sieras no haber tocado jamás a ninguna mujer, y te prometas no tocarla en mucho tiempo, graba en tu memoria las macas físicas notadas, y no apartes un instante de ellas tu consideración. Tal vez alguien me objete, y no sin fundamento, que estos medios sirven de poco. Cierto; pero si aislados son inefica­ces, ayudan mucho reunidos. La pequeña víbora mata con su mordedura al toro corpulento, y un perro de escaso poder contiene a veces la embestida del jabalí.


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