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El remedio del amor (Ovidio) - pág.5

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Como el pláta­no ama las vides, el álamo las aguas y las cañas del pantano las tierras cenagosas, así Venus se complace en la ociosidad. ¿Quieres ahuyentar al amor? El amor odia al trabajo; ocupa las horas, y tu salud quedará asegurada. La indolencia y el sueño no inte­rrumpido durante largas horas, el juego de los dados y el exceso en el beber que trastorna la cabeza, sin producir hondas llagas, quebrantan las energías del ánimo, que falto de prevención se rinde a las ase­chanzas amorosas. Cupido es el compañero de los holgazanes y odia a los que trabajan. Da a tu ociosi­dad cualquier ocupación que la entretenga; dedícate al foro, a las leyes o a defender a los amigos; fre­cuenta los sitios en que los candidatos se disputan las dignidades urbanas, o vuela a conquistar los lau­reles del sanguinario Marte, que tanto honran a la juventud, y la voluptuosidad te volverá pronto las espaldas. Ahí tienes al partho que pelea huyendo, nueva ocasión de magníficos triunfos, que ya ve las armas de César resplandecer en sus propios cam­pos. Vence simultáneamente las saetas de Cupido y las de los parthos, y ofrece a los dioses tutelares de la patria un doble trofeo. No bien fue herida Venus por la lanza del rey de Etolia, ordenó a su amador que se encargase de los cuidados de la guerra. Me preguntáis ¿por qué Egisto incurrió en el adulterio? La razón se adivina pronto: estaba ocioso, mientras los demás príncipes peleaban en guerra interminable frente a las murallas de Ilión, adonde la Grecia ha­bía transportado todas sus fuerzas. Si hubiese queri­do lanzarse a los peligros de la guerra, no tenía con quién sostenerla; si dedicarse al foro, en Argos se desconocían los procesos. Hizo lo que pudo a fin de entretener el tiempo, y se dedicó al amor. Así se apodera de nosotros Cupido y así reina en los cora-zones.
Los campos y sus diferentes cultivos producen sumo deleite al ánimo, y las cuitas más graves ceden a tales ocupaciones. Doma los toros, oblígalos a do­blar el cuello bajo la carga del arado, y con la aguda reja hiende el suelo endurecido; deposita en los abiertos surcos las semillas de Ceres, que el campo te pagará un día con usura; observa las ramas en­corvadas con el peso de los frutos, tanto que apenas el árbol resiste las copiosas riquezas que ha produ­cido; mira los arroyos cuál se deslizan con suave murmullo, y el rebaño de las ovejas que pace la fértil grama.


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