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El remedio del amor (Ovidio) - pág.3

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Si la infame Escila alcanzase a leer mis li­bros, ¡oh Niso!, no despojará tu cabeza de los cabe­llos de púrpura que la ornaban. Mortales, oíd mis advertencias; siendo yo el piloto, la barca llegará incólume al puerto. Debisteis leer a Nasón cuando comenzasteis a amar, y al mismo Nasón debéis leer ahora. Como defensor público, quiero libertar al que gime en la esclavitud; cada cual secunde los es­fuerzos que hago por su salvación. ¡Oh Febo, in­ventor de la poesía y la Medicina!, yo te invoco al principio de mi empresa; ciñe mis sienes de laureles, ven y socorre al que escribe como poeta y como médico, pues las dos artes están bajo tu divina tute­la.
Si te arrepientes cuando aún no has entregado del todo tu corazón, entonces será el momento de detener los primeros pasos; destruye los gérmenes recientes de la súbita enfermedad, y que desde el principio de la carrera tu caballo se resista a pasar adelante. Todo cobra fuerzas con el tiempo: el tiempo madura los racimos y convierte la hierba en altas espigas; el árbol que ofrece a los paseantes opaca sombra, al tiempo que se plantó fué una débil vara que podía arrancarse de la tierra con las manos; ahora ha cobrado fuerzas y resiste con sus vigorosas raíces. Que un examen rápido y certero te dé a co­nocer el objeto de tu predilección, si quieres sacudir el yugo que se apresta a cargar sobre tu cuello. Re­bélate desde el primer instante; la medicina no surte efecto si el mal se agrava con la negligencia. Apre­súrate y no difieras día tras día la curación; de no emprenderla hoy, mañana te será más difícil.
El Amor es fecundo en pretextos y encuentra su alimento en demorar las resoluciones; el día más próximo es el mejor para romper sus lazos. Verás pocos ríos caudalosos en la proximidad de sus fuentes, y muchos que engruesan con las aguas re­cogidas de cien arroyos. Si hubieras reflexionado sobre la enormidad de tu crimen, ¡oh Mirra!, no ocultaría tu rostro la vergüenza bajo la corteza de un árbol. Yo he visto heridas fáciles de cicatrizar al principio, que llegaron a ser incurables por la dila­ción y el abandono.


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