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El remedio del amor (Ovidio) - pág.2

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En­cubre las citas secretas de los mozos y sus tímidas amantes, y permite que con cualquier estratagema burlen a un marido receloso. Que el enamorado dirija ya tiernas súplicas, ya violentas imprecaciones, y cante, si se le niega la entrada, en tono quejum­broso. Te bastan las lágrimas que obligas a verter, sin que te reprochen ninguna muerte, y tu antorcha no merece alumbrar el horror de la pira. Así dije, el Amor batió sus alas cuajadas de oro y piedras pre­ciosas, y respondióme: «Termina la obra comen­zada.»
Acudid a mis lecciones, jóvenes burlados que encontrasteis en el amor tristísimos desencantos. Yo os enseñaré a sanar de vuestras dolencias, como os enseñé a amar, y la misma mano que os causó la herida os dará la salud. La misma tierra alimenta hierbas saludables y nocivas, y a menudo la ortiga crece junto a la rosa. La lanza de Aquiles sanó la herida que ella misma infirió al hijo de Hércules. Cuanto advierto a los mancebos, creed que lo digo también a las muchachas; doy armas a las dos partes contrarias.
Si entre mis preceptos se desliza alguno que no convenga a vuestro modo de ser, a lo menos os ser­virá de provechoso ejemplo. El fin que me propon­go es de suma utilidad: extinguir las llamas crueles y libertar los corazones que gimen en vergonzosa es­clavitud. Filis hubiese vivido a ser yo su maestro, y si descendió nueve veces a orillas del mar, hubiera vuelto otras tantas, o más todavía; Dido, a punto de morir, no habría visto desde la alto de su palacio cómo la flota de los troyanos daba las velas al vien­to, ni la desesperación hubiese armado contra el fruto de sus entrañas a la madre cruel que se vengó de su esposo en la sangre de los comunes hijos. Gracias a mi arte, Terco, tan apasionado por Filo­mena, no habría por su crimen merecido convertir­se en ave. Sea mi alumna Pasífae, y dejará de amar al toro; séalo Fedra, y ahogará su pasión incestuosa. Entrégame a Paris, y Menelao será dueño de Hele­na, y Pérgamo no caerá vencida por la hueste de los Dánaos.


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