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El arte de amar (Ovidio) - pág.48

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Que el leve soplo de la brisa me ayude, a salir del puerto; después en alta mar volaré al im­pulso de vientos más impetuosos. Comenzaré por los artificios del adorno. A un excelente cultivo son deudoras las viñas de su fecundidad, y las espigas del grano que en abundancia producen. La hermo­sura es un don del cielo, mas cuán pocas se enorgu­llecen, de poseerlo; la mayor parte de vosotras está privada de tan rica dote, pero los afeites hermosean el semblante que desmerece mucho si se trata con descuido, aunque se asemeje en lo seductor al de la diosa de Idalia. Si las mujeres de la antigüedad no gastaban, su tiempo en el aderezo personal, tampo­co los esposos con quienes trataban se distinguían por el asco. Andrómaca vestía una túnica suelta. ¿De qué maravillarse?; era la esposa de un duro sol-dado. ¿Había de presentarse cargada de adornos la cónyuge de Ayax, a este héroe que cubría su cuerpo con un escudo de siete pieles de toro? Antes impe­raba una rústica sencillez, mas hoy Roma brilla con las espléndidas riquezas del orbe que ha sometido. Considera, lo que fué antiguamente el actual Capi­tolio, y creerás que es otro el Júpiter que veneramos. Esa curia donde se reunen los dignísimos senadores, en el reinado de Tacio era una humilde cabaña.
Donde ahora deslumbra el suntuoso templo consa­grado a Febo y nuestros insignes caudillos, existía un prado en que se apacentaban los bueyes. Que otros prefieran lo antiguo, yo me felicito de haber nacido en época que conforma con mis gustos; no porque hoy se explota el oro oculto en el seno de la tierra, y las playas remotas nos envían la concha de la púrpura; no porque decrece la altura de los mon­tes a fuerza de extraer sus mármoles, ni porque se rechazan de la costa las cerúleas olas con los mue­lles prolongados, sino porque domina el adorno y no ha llegado hasta nosotros la rusticidad primitiva que heredamos de nuestros abuelos. Mas vosotras no abruméis las orejas con esas perlas de alto precio que el indio tostado recoge en las verdes aguas; no os mováis con dificultad por el peso de los recama­dos de oro que luzcan vuestros vestidos; el fausto con que pretendéis subyugarnos, tal vez nos ahu­yenta, y nos cautiva el aseo pulcro y el cabello pri­morosamente peinado, cuya mayor o menor gracia depende de las manos que se ejercitan en tal faena.


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