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El arte de amar (Ovidio) - pág.43

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Se ha de añadir que las mujeres de cierta edad son más du­chas en sus tratos, tienen la experiencia que tanto ayuda a desarrollar el ingenio, saben, con los afeites, encubrir los estragos de los años y a fuerza de ardi­des borran las señales de la vejez. Te brindarán si quieres de cien modos distintos las delicias de Ve­nus, tanto que en ninguna pintura encuentres mayor variedad. En ellas surge el deseo sin que nadie lo provoque, y el varón y la hembra experimentan sen­saciones iguales. Aborrezco los lazos en que el de­leite no es recíproco: por eso no me conmueven los halagos de un adolescente; odio a la que se entrega por razón de la necesidad y en el momento del pla­cer piensa indiferente en el huso y la lana. No agra­dezco los dones hijos de la obligación, y dispenso a mi amiga sus deberes con respecto a mi persona. Me complace oír los gritos que delatan sus intensos goces y que me detenga con ruegos para prolongar su voluptuosidad. Me siento dichoso si contemplo sus vencidos ojos que anubla la pasión y que langui­dece y se niega tenaz a mis exigencias.
La naturaleza no concede estas dichas a los años juveniles, sino a esa edad que comienza después de los siete lustros. Los que se precipitan demasiado beben el vino reciente; yo quiero que mi tinaja me regale con el añejo que data de los antiguos cónsu­les. El plátano sólo después de algunos años resiste los ardores del sol, y la hierba recién segada de los prados hiere los desnudos pies. ¡Qué!, ¿osarías ante­poner Hermíone a Helena y afirmar que Jorge valía más que su madre? El que pretenda coger los frutos de Venus ya maduros, si tiene constancia alcanzará el debido galardón.
He aquí que recibe a los dos enamorados el le-cho confidente de sus cuitas. Musa, no abras la puerta cerrada del dormitorio. Sin tu ayuda las pala­bras elocuentes brotarán espontáneas de los labios; allí las manos no permanecerán ociosas y los dedos sabrán deslizarse por las partes donde el amor tem­pla ocultamente sus flechas.


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