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El arte de amar (Ovidio) - pág.16

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Preséntate aseado, y que el ejercicio del campo de Marte solee tu cuerpo envuelto en una toga bien hecha y airosa. Sea tu habla suave, luzcan tus dientes su esmalte y no vaguen tus pies en el ancho calzado; que no se te ericen los pelos mal cortados, y tanto éstos como la barba entrégalos a una hábil mano. No lleves largas las uñas, que han de estar siempre limpias, ni menos asomen los pelos por las ventanas de tu nariz, ni te huela mal la boca, recordando el fétido olor del macho cabrío. Lo de­más resérvalo a las muchachas que quieren agradar y para esos mozos que con horror de su sexo se en­tregan a un varón.
Mas ya llama a su poeta Baco, el que ayuda siempre a los amantes y atiza las llamas en que él mismo se consume. Ariadna erraba loca por la de­sierta arena que ciñe la isla de Naxos combatida por el mar; apenas sacude el sueño medio cubierta con la sencilla túnica, con los pies descalzos y sueltos los rubios cabellos, se dirige a las sordas olas llamando al cruel Teseo, y un raudal de lágrimas se desliza por sus frescas mejillas; gritaba y lloraba a la vez, y el llanto y las voces, lejos de amenguar su belleza, contribuían a realzarla de un modo extraordinario. Ya golpeándose el pecho sin cesar con mano des­piadada, gritaba: «El pérfido ha partido; ¿qué será de mí, qué suerte me espera?» En aquel momento re­suenan por el extenso litoral los címbalos y los tím­panos golpeados con frenéticas manos, cae desvanecida, las últimas palabras expiran en sus la-bios y diríase que en su cuerpo no quedaba una gota de sangre. De súbito aparecen las Bacantes con los cabellos tendidos por la espalda, y detrás la turba de los Sátiros que preceden al dios; después el viejo Sileno, tan borracho, que gracias si se mantiene en equilibrio cogiéndose a las crines del asno cabizbajo, persigue a las Bacantes que huyen y le acometen de improviso; como es tan pésimo jinete, hostiga con la vara al cuadrúpedo que monta y al fin se apea de bruces por las orejas del paciente animal.


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