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Nuestra señora de París (Víctor Hugo) - pág.328

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Varias gárgolas con figuras de animales parecían asomarse en torno a ella y estirar el cuello para asomarse por la pequeña claraboya. Por el borde del tejado veía la parte alta de mil chimeneas que hacían subir bajo sus ojos los humos de todos los hogares de París. Triste espectáculo para la pobre gitana, niña expósita, condenada a muerte, desgraciada criatura, sin patria, sin familia, sin hogar.
Cuando el pensamiento de su soledad se le aparecía así, más angustioso que nunca, sintió que una cabeza velluda y barbuda se deslizaba entre sus manos y entre sus rodillas y se echó a temblar (todo le asustaba ya).
Era la pobre cabra, la ágil Djali, que se había ido tras ella en el momento en que Quasimodo había dispersado a la brigada de Charmolue y que se deshacía en carantoñas a sus pies, desde hacía más de una hora, sin poder obtener ni una triste mirada. La egipcia, entonces, la cubrió de besos.
-¡Oh, Djali! -decía-. ¡Cómo lo he olvidado! ¡Tú siempre estás pensando en mí! ¡No eres ingrata!
Y al mismo tiempo, como si una mano invisible hubiera levantado el peso que oprimía las lágrimas de su corazón, desde hacía ya mucho tiempo, se echó a llorar; y a medida que las lágrimas corrían sentía que, con ellas, se iba también lo que había de más acre y de más amargo en su dolor.
Llegada la noche, la encontró tan bella y la luna le pareció tan dulce que dio la vuelta a la galería superior que rodea la iglesia. Sintió un gran alivio al comprobar qué tranquila se aparecía la tierra desde aquella altura.

III
SORDO
A la mañana siguiente, al despertarse, se dio cuenta de que había dormido y esta circunstancia la extrañó pues hacía mucho tiempo que había perdido la costumbre de dormir. Un alegre rayo de sol mañanero entraba por la claraboya y le daba en la cara. AI mismo tiempo que el sol, vio en la claraboya algo que la asustó; era la horrible cara de Quasimodo. Cerró los ojos sin querer pero era en vano pues creía seguir viendo, a través de sus párpados rosa, aquella máscara de gnomo, tuerto y con los dientes mellados. Sus ojos seguían aún cerrados cuando oyó una voz ruda que le decía muy amigablemente.
-No tengáis miedo que soy yo, vuestro amigo. Había venido a veros dormir. ¿Verdad que no os molesta el que os vea dormir? ¿Qué más os da que yo esté aquí cuando tenéis los ojos cerrados.


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