Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.335
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A la vista de la carta pequeña, el corazón de D´Artagnan saltó, porque había creído reconocer la escritura; y aunque no había visto esa escritura más que una vez, la memoria de ella había quedado en lo más profundo de su corazón.
Cogió, pues, la epístola pequeña y la abrió rápidamente.
«Paseaos (se le decía) el miércoles próximo entre las seis y las siete de la noche, por la ruta de Chaillot, y mirad con cuidado en las carrozas que pasen, pero si amáis vuestra vida y la de las personas que os aman, no digáis ni una palabra, no hagáis un movimiento que pueda hacer creer que habéis reconocido a la que se expone a todo por veros un instante.»
Sin firma.
-Es una trampa -dijo Athos-, no vayáis, D´Artagnan.
-Sin embargo -dijo D´Artagnan-, me parece reconocer la escritura.
-Quizá esté amañada -replicó Athos-; a las seis o las siete, a esa hora, la ruta de Chaillot está completamente desierta: sería lo mismo que iros a pasear por el bosque de Bondy.
-Pero ¿y si vamos todos? -dijo D´Artagnan-. ¡Qué diablos! No nos devorarán a los cuatro; además, cuatro lacayos; además, los cabal1os; además, las armas.
-Además será una ocasión de lucir nuestros equipos -dijo Porthos.
-Pero si es una mujer la que escribe -dijo Aramis-, y esa mujer desea no ser vista, pensad que la comprometéis, D´Artagnan, cosa que está mal por parte de un gentilhombre.
-Nos quedaremos detrás -dijo Porthos-, y sólo él se adelantará.
-Sí, pero un disparo de pistola puede ser disparado fácilmente desde una carroza que va al galope.
-¡Bah! -dijo D´Artagnan-. Me fallarán. Alcanzaremos entonces la carroza y mataremos a quienes se encuentren dentro. Serán otros tantos enemigos menos.
-Tiene razón -dijo Porthos-. ¡Batalla! Además, tenemos que probar nuestras armas.
-¡Bueno, démonos ese placer! -dijo Aramis con su aire dulce y despreocupado.
-Como queráis -dijo Athos.
-Señores -dijo D´Artagnan-, son las cuatro y media; tenemos justo el tiempo de estar a las seis en la ruta de Chaillot.
-Además, si salimos demasiado tarde, nos verían, lo cual es perjudicial. Vamos pues, a prepararnos, señores.
-Pero esa segunda carta -dijo Athos-: os olvidáis de ella; sin embargo, me parece que el sello indica que merece ser abierta; en cuanto a mí, declaro, mi querido D´Artagnan, que me preocupa mucho más que la pequeña chuchería que acabáis de deslizar sobre vuestro corazón .
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