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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.320

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-¿Seguro? -preguntó Milady con una última duda. -Nombradme al infame que ha podido hacer llorar vuestros hermosos ojos. -¿Quién os dice que he llorado? -dijo ella. -Me parecía... -Las mujeres como yo no lloran -dijo Milady. -¡Tanto mejor! Veamos, decidme cómo se llama. -Pensad que su nombre es todo mi secreto. -Sin embargo, es necesario que yo sepa su nombre. -Sí, es necesario. ¡Ya veis la confianza que tengo en vos! -Me colmáis de alegría. ¿Cómo se llama? -Vos lo conocéis.
- De verdad?-¿No será uno de mis amigos? -prosiguió D´Artagnan jugando a la duda para hacer creer en su ignorancia. -Y si fuera uno de vuestros amigos, ¿dudaríais? -exclamó Milady. Y un destello de amenaza
pasó por sus ojos. -¡No, aunque fuese mi hermano! -exclamó D´Artagnan como arrebatado por el entusiasmo. Nuestro gascón se adelantaba sin peligro porque sabía adónde iba. -Amo vuestra adhesión -dijo Milady. -¡Ay! ¿Sólo eso amáis en mí? -preguntó D´Artagnan.
-Os amo también a vos -dijo ella cogiéndole la mano.
Y la ardiente presión hizo temblar a D´Artagnan como si por el tacto aquella fiebre que

quemaba a Milady lo ganase a él. -¡Vos me amáis! -exclamó-. ¡Oh, si así fuera, sería para volverse loco! Y la envolvió en sus dos brazos. Ella no trató de apartar sus labios de su beso, sólo que no lo
devolvió. Sus labios estaban fríos: a D´Artagnan le pareció que acababa de besar a una estatua. No por ello estaba menos ebrio de alegría, electrizado de amor; creía casi en la ternura de
Milady; creía casi en el crimen de de Wardes. Si de Wardes hubiera estado en ese momento al
alcance de su mano, lo habría matado. Milady aprovechó la ocasión. -Se llama... -dijo ella a su vez. -De Wardes, lo sé -exclamó D´Artagnan. -¿Y cómo lo sabéis? -preguntó Milady cogiéndole las dos manos y tratando de llegar por sus
ojos hasta el fondo de su alma. D´Artagnan sintió que se había dejado llevar y que había cometido una falta. -Decid, decid, pero decid -repetía Milady-, ¿cómo lo sabéis? -¿Cómo lo sé? -dijo D´Artagnan. -Sí. -Lo sé porque ayer de Wardes, en un salón en el que yo estaba, ha mostrado un anillo que
decía tener de vos. -¡Miserable! -exclamó Milady. El epíteto, como se supondrá, resonó hasta en el fondo del corazón de D´Artagnan. -¿Y bien? -continuó ella.


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