Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.315
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-¿Tendréis ese valor? -dijo Athos.
-Lo tendré -respondió D´Artagnan-, y desde ahora mismo.
-Pues bien, de verdad, hijo mío, tenéis razón -dijo el gentilhombre apretando la mano del gascón con un cariño casi paterno-; ojalá quiera Dios que esa mujer, que apenas ha entrado en vuestra vida, no deje en ella una huella funesta.
Y Athos saludó a D´Artagnan con la cabeza, como hombre que quiere hacer comprender que no le molesta quedarse a solas con sus pensamientos.
Al volver a su casa, D´Artagnan encontró a Ketty que lo esperaba. Un mes de fiebre no habría cambiado a la pobre niña más de lo que lo estaba por aquella noche de insomnio y de dolor.
Era enviada por su ama al falso de Wardes. Su ama estaba loca de amor, ebria de alegría; quería saber cuándo le daría el conde una segunda entrevista.
Y la pobre Ketty, pálida y temblorosa, esperaba la respuesta de D´Artagnan.
Athos tenía un gran influjo sobre el joven; los consejos de su amigo unidos a los gritos de su propio corazón le habían decidido, ahora que su orgullo estaba a salvo y su venganza satisfecha, a no volver a ver a Milady. Por toda respuesta tomó una pluma y escribió la carta siguiente:
«No contéis conmigo, señora, para la próxima cita; desde mi convalecencia tengo tantas ocupaciones de ese género que he tenido que poner cierto orden. Cuando llegue vuestra vez, tendré el honor de participároslo.
Os beso las manos.
Conde de Wardes.»
Del zafiro ni una palabra: ¿quería el gascón guardar un arma contra Milady? O bien, seamos francos, ¿no conservaba aquel zafiro como último recurso para el equipo?
Nos equivocaríamos por lo demás si juzgáramos las acciones de una época desde el punto de vista de otra época. Lo que hoy sería mirado como una vergüenza por un hombre galante era en ese tiempo algo sencillo y completamente natural, y los segundones de las mejores familias se hacían mantener por regla general por sus amantes.
D´Artagnan pasó su carta abierta a Ketty, que la leyó primero sin comprenderla y que estuvo a punto de enloquecer de alegría al releerla por segunda vez.
Ketty no podía creer en tal felicidad. D´Artagnan se vio obligado a renovarle de viva voz las seguridades que la carta le daba por escrito; y cualquiera que fuese, dado el carácter arrebatado de Milady, el peligro que corría la pobre niña al entregar aquel billete a su ama, no dejo de volver a la Place Royale a toda velocidad de sus piernas.
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