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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.300

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-Por eso -continuó Milady-, ya me habría vengado en él si el cardenal, no sé por qué, no me hubiera recomendado tratarlo con miramiento.
-¡Oh, sil Pero la señora no ha tratado con miramientos a la mujer que él amaba.
-¡Ah, la mercera de la calle des Fossoyeurs! Pero ¿no se ha olvidado ya él de que existía? ¡Bonita venganza, a fe!
Un sudor frío corría por la frente de D´Artagnan: aquella mujer era un monstruo.
Volvió a escuchar, pero por desgracia el aseo había terminado.
-Está bien -dijo Milady-, volved a vuestro cuarto y mañana tratad de tener una respuesta a la carta que os he dado.
-¿Para el señor de Wardes? -dijo Ketty.
-Claro, para el señor de Wardes.
-Este me parece -dijo Ketty- una persona que debe de ser todo lo contrario que ese pobre señor D´Artagnan.
-Salid, señorita -dijo Milady-, no me gustan los comentarios.
D´Artagnan oyó la puerta que se cerraba, luego el ruido de dos cerrojos que echaba Milady a fin de encerrarse en su cuarto; por su parte, pero con la mayor suavidad que pudo, Ketty dio una vuelta de llave; entonces D´Artagnan empujó la puerta del armario.
-¡Oh, Dios mío! -dijo en voz baja Ketty-. ¿Qué os pasa? ¡Qué pálido estáis!
-¡Abominable criatura! -murmuró D´Artagnan.
-¡Silencio, silencio salid! -dijo Ketty-. No hay más que un tabique entre mi cuarto y el de Milady, se oye en uno todo lo que se dice en el otro.
-Precisamente por eso no me marcharé -dijo D´Artagnan.
-¿Cómo? -dijo Ketty ruborizándose.
-O al menos me marcharé... más tarde.
Y atrajo a Ketty hacia él; no había medio de resistir -¡la resistencia hace tanto ruido!-, por eso Ketty cedió.
Aquello era un movimiento de venganza contra Milady. D´Artagnan encontró que tenían razón al decir que la venganza es placer de dioses. Por eso, con algo de corazón se habría contentado con esta nueva conquista; mas D´Artagnan sólo tenía ambición y orgullo.
Sin embargo, y hay que decirlo en su elogio, el primer empleo que hizo de su influencia sobre Ketty fue tratar de saber por ells qué había sido de la señora Bonacieux; pero la pobre muchacha juró sobre el crucifijo a D´Artagnan que ignoraba todo, pues su ama no dejaba nunca penetrar más que la mitad de sus secretos; sólo creía poder responder que no estaba muerta.


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