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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.251

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-Planchet -dijo D´Artagnan cargando sus pistolas-, yo me encargo del que está arriba, encárgate tú del que está abajo. ¡Ah, señores, queréis batalla! Pues bien, vamos a dárosla.
-¡Dios mío! -exclamó la voz hueca de Athos-. Oigo a D´Artagnan, según me parece.
-En efecto -dijo D´Artagnan alzando la voz a su vez-, soy yo, amigo mío.
-¡Ah, bueno! Entonces -dijo Athos-, vamos a trabajar a esos derribapuertas.
Los gentileshombres habían puesto la espada en la mano, pero se encontraban cogidos entre dos fuegos; dudaron un instante todavía; pero, como en la primera ocasión, venció el orgullo y una segunda patada hizo tambalearse la puerta en toda su altura.
-Apártate, D´Artagnan, apártate -gritó Athos-, apártate, voy a disparar.
-Señores -dijo D´Artagnan, a quien la reflexión no abandonaba nunca-, señores, pensadlo. Paciencia, Athos. Os vais a meter en un mal asunto y vais a ser acribillados. Aquí, mi criado y yo que os solta remos tres disparos; y otros tantos os llegarán de la bodega; además, todavía tenemos nuestras espadas, que mi amigo y yo, os lo aseguro, manejamos pasablemente. Dejadme que me ocupe de mis asuntos y hs vuestros. Dentro de poco tendréis de beber, os doy mi palabra.
-Si es que queda -gruñó la voz burlona de Athos.
El hostelero sintió un sudor frío correr a lo largo de su espina.
-¿Cómo que si queda? -murmuró.
-¡Qué diablos! Quedara -prosguió D´Artagnan-, estad tránquilo, entre dos no se habrán bebido toda la bodega. Señores, devolved vuestras espadas a sus vainas.
-Bien. Y vos volved a poner vuestras pistolas en vuestro cinto.
-De buen grado.
Y D´Artagnan dio ejemplo. Luego, volviéndose hacia Planchet, le hizo señal de desarmar su mosquetón.
Los ingleses, convencidos, devolvieron gruñendo sus espadas a la vaina. Se les contó la historia del apasionamiento de Athos. Y como eran buenos gentileshombres, le quitaron la razón al hostelero.
-Ahora, señores -dijo D´Artagnan-, volved a vuestras habita ciones, y dentro de diez minutos os prometo que os llevarán cuanto podáis desear.
Los ingleses saludaron y salieron.
-Ahora estoy solo, mi querido Athos -dijo D´Artagnan-, abridme la puerta, por favor.
-Ahora mismo -dijo Athos.
Entonces se oyó un gran ruido de haces entrechocando y de vigas gimiendo: eran las contraescarpas y los bastiones de Athos que el sitiado demolía por sí mismo.


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