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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.151

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Esa es mi respuesta.
La respuesta era terrible. Ana de Austria creyó que Luis XIII lo sabía todo, y que el cardenal había conseguido de él ese largo disimulo de siete a ocho días, que cuadraba por lo demas con su carácter. Se puso excesivamente pálida, apoyó sobre una consola su mano de admirable belleza y que parecía en ese momento una mano de cera y, mirando al rey con los ojos espantados, no respondió ni una sola sílaba.
-¿Habéis oído, señora? -dijo el rey, que gozaba con aquel embarazo en toda su extensión, pero sin adivinar la causa-. ¿Habéis oído?
-Sí, sire, he oído -balbuceó la reina.
-¿Iréis a ese baile?
-Sí.
-Con vuestros herretes?
La palidez de la reina aumentó aún más, si es que era posible; el rey se percató de ello, y lo disfrutó con esa fría crueldad que era una de las partes malas de su carácter.
-Entonces, convenido -dijo el rey-. Eso era todo lo que tenía que deciros.
-Pero ¿qué día tendrá lugar el baile? -preguntó Ana de Austria. Luis XIII sintió instintivamente que no debía responder a aquella pregunta, pues la reina la había hecho con una voz casi moribunda.
-Muy pronto, señora -dijo-; pero no me acuerdo con precisión de la fecha del día, se la preguntaré al cardenal.
-¿Ha sido el cardenal quien os ha anunciado esa fiesta? -exclamó la reina.
-Sí, señora -respondió el rey asombrado-. Pero ¿por qué?
-¿Ha sido él quien os ha dicho que me invitéis a aparecer con los herretes?
-Es decir, señora...
-¡Ha sido él, sire, ha sido él!
-¡Y bien! ¿Qué importa que haya sido él o yo? ¿Hay algún crimen en esa invitación?
-No, sire.
-Entonces, ¿os presentaréis?
-Sí, sire.
-Está bien -dijo el rey, retirándose-. Está bien, cuento con ello.
La reina hizo una reverencia, menos por etiqueta que porque sus rodillas flaqueaban bajo ella.
El rey partió encantado.
-Estoy perdida -murmuró la reina-. Perdida porque el cardenal lo sabe todo, y es él quien empuja al rey, que todavía no sabe nada, pero que sabrá todo muy pronto. ¡Estoy perdida! ¡Dios mío, Dios mío Dios mío!
Se arrodilló sobre un cojín y rezó con la cabeza hundida entre sus brazos palpitantes.

En efecto, la posición era terrible.


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