Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.140
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Nunca se tiene la última palabra con un hombre semejante. Pero démonos prisa porque el rey puede cambiar de opinión en seguridad, y á fin de cuentas es más difícil volver a meter en la Bastilla o en Fort-l´Evêque a un hombre que ha salido de ahí que guardar un prisionero que ya se tiene.
El señor de Tréville hizo triunfalmente su entrada en el Fort-l´Évêque, donde liberó al mosquetero, a quien su apacible indiferencia no había abandonado.
Luego, la primera vez que volvió a ver a D´Artagnan, le dijo:
-Escapáis de una buena, vuestra estocada a Jussac está pagada. Queda todavía la de
Bernajoux, y no debéis fiaros demasiado.
Por lo demás, el señor de Tréville tenía razón en desconfiar del cardenal y en pensar que no todo estaba terminado, porque apenas hubo cerrado el capitán de los mosqueteros la puerta tras él cuando Su Eminencia dijo al rey:
-Ahora que no estamos más que nosotros dos, vamos a hablar seriamente, si place a Vuestra Majestad. Sire, el señor de Buckingham estaba en París desde hace cinco días y hasta esta mañana no ha partido.
Capítulo XVI
Donde el señor guardasellos Séguier buscó más de una vez la campana para tocarla como lo hacía antaño
Es imposible hacerse una idea de la impresión que estas pocas palabras produjeron en Luis
XIII. Enrojeció y palideció sucesivamente; y el cardenal vio en seguida que acababa de
conquistar de un solo golpe todo el terreno que había perdido.
-¡El señor de Buckingham en Paris! -exclamó- ¿Y qué viene a hacer?
-Sin duda, a conspirar con vuestros enemigos los hugonotes y los españoles.
-¡No, pardiez, no! ¡A conspirar contra mi honor con la señora de Chevreuse, la señora de Longueville y los Condé!
-¡Oh sire, qué idea! La reina es demasiado prudente y, sobre todo, ama demasiado a Vuestra Majestad.
-La mujer es débil, señor cardenal -dijo el rey-; y en cuanto a amarme mucho, tengo hecha mi opinión sobre ese amor.
-No por ello dejo de mantener -dijo el cardenal- que el duque de Buckingham ha venido a Paris por un plan completamente politico.
-Y yo estoy seguro de que ha venido por otra cosa, señor cardenal; pero si la reina es culpable, ¡que tiemble!
-Por cierto -dijo el cardenal-, por más que me repugne dete ner mi espíritu en una traición semejante, Vuestra Majestad me da que pensar: la señora de Lannoy, a quien por orden de Vuestra Majestad he interrogado varias veces, me ha dicho esta mañana que la noche pasada Su Majestad había estado en vela hasta muy tarde, que esta mañana había llorado mucho y que durante todo el día había estado escribiendo.
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