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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.139

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El rey temió un estallido.
-Si Su Eminencia -dijo- no tiene personalmente motivos...
El cardenal vio venir al rey y se le adelantó.
-Perdón -dijo-, pero desde el momento en que Vuestra Majestad ve en mí un juez predispuesto, me retiro.
-Veamos -dijo el rey-. ¿Me juráis vos, por mi padre, que el señor Athos estaba con vos durante el suceso y que no ha tomado parte en él?
-Por vuestro glorioso padre y por vos mismo, que sois lo que yo amo y venero más en el mundo, ¡lo juro!
-¿Queréis reflexionar, sire? -dijo el cardenal-. Si soltamos de este modo al prisionero, no podremos conocer nunca la verdad.
-El señor Athos seguirá estando ahí -prosigió el señor de Tréville-, dispuesto a responder cuando plazca a las gentes de toga inte rrogarlo. No escapará, señor cardenal, estad tranquilo, yo mismo respondo de él.
-Claro que no desertará -dijo el rey-. Se le encontrará siempre, como dice el señor de Tréville. Además -añadió, bajando la voz y mirando con aire suplicante a Su Eminencia-, démosle seguridad: eso es política.
Esta política de Luis XIII hizo sonreír a Richelieu.
-Ordenad, sire -dijo-. Tenéis el derecho de gracia.
-El derecho de gracia no se aplica más que a los culpables -dijo Tréville, que quería tener la última palabra- y mi mosquetero es inocente. No es, pues, gracia lo que vais a conceder, sire, es justicia.
-¿Y está en Fort-l´Evêque? -dijo el rey.
-Sí, sire, y en secreto, en un calabozo, como el último de los criminales.
-¡Diablos! ¡Diablos! -murmuró el rey-. ¿Qué hay que hacer?
-Firmar la orden de puesta en libertad y todo estará dicho -añadió el cardenal-. Yo creo, como Vuestra Majestad, que la garantía del señor de Tréville es más que suficiente.
Tréville se inclinó respetuosamente con una alegría que no estaba exenta de temor; hubiera preferido una resistencia porfiada del cardenal a aquella repentina facilidad.
El rey firmó la orden de excarcelación y Tréville se la llevó sin demora.
En el momento en que iba a salir, el cardenal le dirigió una sonrisa amistosa y dijo al rey:
-Una buena armonía reina entre los jefes y los soldados de vuestros mosqueteros, sire; eso es muy beneficioso para el servicio y muy honorable para todos.
-Me jugará alguna mala pasada de un momento a otro -decía Tréville-.


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