Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.138
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-¿No es ese D´Artagnan el que hirió un día a Jussac en ese desafortunado encuentro que tuvo lugar junto al convento de los Carmelitas Descalzos? -preguntó el rey mirando al cardenal, que enrojeció de despecho.
-Y al día siguiente a Bernajoux. Sí, sire; sí, ése es, y Vuestra Majestad tiene buena memoria.
-Entonces, ¿qué decidimos? -dijo el rey.
-Eso atañe a Vuestra Majestad más que a mí -dijo el cardenal-. Yo afirmaría la culpabilidad.
-Y yo la niego -dijo Tréville-. Pero Su Majestad tiene jueces y sus jueces decidirán.
-Eso es -dijo el rey-. Remitamos la causa a los jueces; su misión es juzgar, y juzgarán.
-Sólo que -prosiguió Tréville- es muy triste que, en estos tiempos desgraciados que vivimos la vida más pura, la virtud más irrefuta ble no eximan a un hombre de la infamia y de la persecución. Y el ejército no estará demasiado contento, puedo responder de ello, de estar expuesto a tratos rigurosos por asuntos de policía.
La frase era imprudente, pero el señor de Tréville la había lanzado con conocimiento de causa. Quería una explosión, por eso de que la mina hace fuego, y el fuego ilumina.
-¡Asuntos de policía! -exclamó el rey, repitiendo las palabras del señor de Tréville-. ¡Asuntos de policía! ¿Y qué sabéis vos de eso, señor? Mezclaos con vuestros mosqueteros y no me rompáis la cabeza. En vuestra opinión parece que si por desgracia se detiene a un mosquetero, Francia está en peligro. ¡Cuánto escándalo por un mosquete ro! ¡Vive el cielo que haré detener a diez! ¡Cien, incluso; toda la compañía! Y no quiero que se oiga ni una palabra.
-Desde el momento en que son sospechosos a Vuestra Majestad -dijo Tréville-, los mosqueteros son culpables; por eso me veis, sire, dispuesto a devolveros mi espada; porque, después de haber acusado a mis soldados, no dudo que el señor cardenal terminará por acusarme a mí mismo; así, pues, es mejor que me constituya prisionero con el señor Athos, que ya está
detenido, y con el señor d´Artagnan, a quien se arrestará sin duda.
-Cabezota gascón ¿terminaréis? -dijo el rey.
-Sire -respondió Tréville sin bajar ni por asomo la voz-, ordenad que se me devuelva mi mosquetero o que sea juzgado.
-Se le juzgará -dijo el cardenal.
-¡Pues bien tanto mejor! Porque en tal caso pediré a Su Majestad permiso para abogar por él.
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