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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.136

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favorablemente: el señor Athos.
-Athos -dijo el rey maquinalmente-. Sí, por cierto, conozco ese nombre.
-Que Vuestra Majestad lo recuerde -dijo el señor de Tréville-. El señor Athos es ese mosquetero que en el importuno duelo que sabéis tuvo la desgracia de herir gravemente al señor de Cahusac. A propósito, monseñor -continuó Tréville, dirigiéndose al cardenal-, el señor de Cahusac está completamente restablecido, ¿no es así?
-¡Gracias! -dijo el cardenal mordiéndose los labios de cólera.
-El señor Athos había ido a hacer una visita a uno de sus amigos entonces ausente -prosiguió el señor de Tréville-. A un joven bearnés, cadete en los guardias de Su Majestad en la compañía de Des Essarts; pero apenas acababa de instalarse en casa de su amigo y de coger un libro para esperarlo, cuando una nube de corchetes y de soldados, todos juntos, sitiaron la casa, hundieron varias puertas...
El cardenal hizo una seña al rey que significaba: «Es por el asunto de que os he hablado.»
-Ya sabemos todo eso -replicó el rey- porque todo eso se ha hecho a nuestro servicio.
-Entonces -dijo Tréville-, es también por servicio de Vuestra Majestad por lo que se coge a uno de mis mosqueteros inocentes, por lo que se le pone entre dos guardias como a un malhechor, y por lo que pasea en medio de una población insolente a ese hombre galantes que ha vertido diez veces su sangre al servicio de Vuestra Majestad y que está dispuesto a verterla todavía.
-¡Bah! -dijo el rey, vacilando-. ¿Han pasado así las cosas?
-El señor de Tréville no dice -dijo el cardenal con la mayor flema-que ese mosquetero inocente, ese hombre galante una hora antes, acababa de herir a estocadas a cuatro comisarios instructores delegados por mí para instruir un asunto de la más alta importancia.
-Desafío a Vuestra Eminencia a probarlo -exclamó el señor de Tréville con su franqueza completamente gascona y su rudeza militar-. Porque una hora antes, el señor Athos, quien debo confiar a Vuestra Majestad que es un hombre de la mayor calidad, me hacía el honor, después de haber cenado conmigo, de charlar en el salón de mi palacio con el señor duque de La Trémouille y el señor conde de Chalus, que se encontraban allí.
El rey miró al cardenal.
-Un atestado da fe de ello -dijo el cardenal, respondiendo en voz alta a la interrogación muda de Su Majestad- y las gentes maltratadas han redactado el siguiente, que tengo el honor de presentar a Vuestra Majestad.


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