Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.131
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-Me habéis engañado -dijo severamente el cardenal.
-¡Yo! -exclamó Bonacieux-. ¡Yo engañar a Vuestra Eminencia!
-Vuestra mujer, al ir a la calle de Vaugirard y a la calle de La Harpe, no iba a casa de vendedores de telas.
-¿Y adónde iba, santo cielo?
-Iba a casa de la duquesa de Chevreuse y a casa del duque de Buckingham.
-Sí -dijo Bonacieux echando mano de todos sus recursos-, sí, eso es, Vuestra Eminencia tiene razón. Muchas veces le he dicho a mi mujer que era sorprendente que vendedores de telas vivan en casas semejantes, en casas que no tenían siquiera muestras, y las dos veces mi mujer se ha echado a reír. ¡Ah, monseñor! -continuó Bonacieux arrojándose a los pies de la Eminencia-. ¡Ah! ¡Con cuánto motivo sois el cardenal, el gran cardenal, el hombre de genio al que todo el mundo reverencia!
El cardenal, por mediocre que fuera el triunfo alcanzado sobre un ser tan vulgar como era Bonacieux, no dejó de gozarlo durante un instante; luego, casi al punto, como si un nuevo pensamiento se presentara a su espíritu, una sonrisa frunció sus labios y, tendiendo la mano al mercero, le dijo:
-Alzaos, amigo mío, sois un buen hombre.
-¡El cardenal me ha tocado la mano! ¡Yo he tocado la mano del gran hombre! -exclamó Bonacieux-. ¡El gran hombre me ha llamado su amigo!
-Sí, amigo mío, sí -dijo el cardenal con aquel tono paternal que sabía adoptar a veces, pero que sólo engañaba a quien no le conocía-; y como se ha sospechado de vos injustamente, hay que daros una indemnización. ¡Tomad! Coged esa bolsa de cien pistolas, y perdonadme.
-¡Que yo os perdone, monseñor! -dijo Bonacieux dudando en tomar la bolsa, temiendo sin duda que aquel don no fuera más que una chanza-. Pero vos sois libre de hacerme arrestar, sois bien libre de hacerme torturar, sois bien libre de hacerme prender; sois el amo, y yo no tendría la más minima palabra que decir. ¿Perdonaros, monseñor? ¡Vamos, no penséis más en ello!
-¡Ah, mi querido Bonacieux! Sois generoso ya lo veo, y os lo agradezco. Tomad, pues, esa bolsa. ¿Os vais sin estar demasiado descontento?
-Me voy encantado, monseñor.
-Adiós, entonces, o mejor, hasta la vista, porque espero que nos volvamos a ver.
-Siempre que monseñor quiera, estoy a las órdenes de Su Eminencia.
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