Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.128
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El cardenal reprimió una segunda sonrisa.
-Entonces, ¿ignoráis lo que ha sido de vuestra mujer después de su fuga?
-Completamente, monseñor; habrá debido volver al Louvre.
-A la una de la mañana no había vuelto aún.
-¡Ah D¡os mío! Pero entonces ¿qué habrá s¡do de ella?
-Ya lo sabremos, estad tranquilo; nada se oculta al cardenal; el cardenal lo sabe todo.
-En tal caso, monseñor, ¿creéis que el cardenal consent¡rá en dec¡rme qué ha ocurr¡do con mi mujer?
-Quizá; pero es preciso primero que confeséis todo lo que sepáis relativo a las relaciones de vuestra mujer con la señora de Chevreuse.
-Pero, monseñor, yo no sé nada; no la he visto nunca.
-Cuando ¡ba¡s a buscar a vuestra mujer al Louvre, ¿volvía ella d¡rectamente a casa?
-Cas¡ nunca: tenía que ver a vendedores de tela, a cuyas casas yo la llevaba.
-¿Y cuántos vendedores de telas había?
-Dos, monseñor.
-¿Dónde viven?
-Uno en la calle de Vaug¡rard; el otro en la calle de La Harpe.
-¿Entrasteis en sus casas con ella?
-Nunca, monseñor; la esperaba a la puerta.
-¿Y qué pretexto os daba para entrar así completamente sola?
-No me lo daba; me decía que esperase, y yo esperaba.
-Sois un marido complaciente, mi querido señor Bonacieux -dijo el cardenal.
«¡Ella me llama su querido señor! -dijo para sí mismo el mercero-. ¡Diablos, las cosas van bien!»
-¿Reconoceríais esas puertas?
-Sí.
- Sabéis los números?
-¿Cuáles son?
-Número 25 en la calle de Vaugirard; número 75 en la calle de La Harpe.
-Está bien -dijo el cardenal.
A estas palabras, cogió una campanilla de plata y llamó; el official volvió a entrar.
-Idme a buscar a Rochefort -dijo a media voz-, y que venga inmediatamente si ha vuelto.
-El conde está ahí -dijo el official-, pide hablar al instante con Vuestra Eminencia.
-¡Con Vuestra Eminencia! -murmuró Bonacieux, que sabía que tal era el título que
ordinariamente se daba al señor cardenal-. ¡Con Vuestra Eminencia! -¡Que venga entonces, que venga! -dijo vivamente Richelieu. El official se lanzó fuera de la habitación con esa rapidez que ponían de ordinario todos los
servidores del cardenal en obedecerle. -¡Con Vuestra Eminencia! -murmuraba Bonacieux haciendo girar los ojos extraviados. No habían transcurrido cinco segundos desde la desaparición del official, cuando la puerta se
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