Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.127
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A primera vista, nada denotaba, pues, al cardenal y era imposible a quienes no conocían su rostro adivinar ante quién se encontraban.
El pobre mercero permaneció de pie a la puerta, mientras los ojos del personaje que acabamos de describir se fijaban en él y parecían penetrar hasta el fondo del pasado.
- Está ahí ese Bonacieux? -pregunto tras un momento de silencio.
-Sí, monseñor -contestó el oficial.
-Esta bien, dadme esos papeles y dejadnos.
El oficial cogió de la mesa los papeles señalados, los entregó a quien se los pedía, se inclinó
hasta el suelo y salió.
Bonacieux reconoció en aquellos papeles sus interrogatorios de la Bastilla. De vez en cuando, el hombre de la chimenea alzaba los ojos por encima de la escritura y los hundía como dos puñales hasta el fondo del corazón del pobre mercero.
Al cabo de diez minutos de lectura y de diez segundos de examen, el cardenal se había decidido.
-Esa cabeza no ha conspirado nunca -murmuró-; pero no importa, veamos de todas formas.
-Estáis acusado de alta traición -dijo lentamente el cardenal.
-Es lo que ya me han informado, monseñor -exclamó Bonacieux, dando a su interrogador el título que había oído al oficial darle-; pero yo os juro que no sabía nada de ello.
El cardenal reprimió una sonrisa.
-Habéis conspirado con vuestra mujer, con la señora de Chevreuse y con milord el duque de Buckingham.
-En realidad, monseñor -respondió el mercero-, he oído pronunciar todos esos nombres.
-¿Y en qué ocasión?
-Ella decía que el cardenal de Richelieu había atraído al duque de Buckingham a París para perderlo y para perder a la reina con él.
-¿Ella decía eso? -exclamó el cardenal con violencia.
-Sí, monseñor; pero yo le he dicho que se equivocaba por mantener tales opiniones, y que Su
Eminencia era incapaz...
-Callaos, sois un imbécil -prosiguió el cardenal.
-Es precisamente eso lo que mi mujer me respondió, monseñor.
-¿Sabéis quién ha raptado a vuestra mujer?
-No, monseñor.
-Sin embargo, ¿tenéis sospechas?
-Sí, monseñor, pero esas sospechas han parecido contrariar al señor comisario y ya no las tengo.
-Vuestra mujer se ha escapado, ¿lo sabíais?
-No, monseñor, lo he sabido después de haber entrado en prisión, y siempre por la mediación del señor comisario, un hombre muy amable.
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