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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.125

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Aquella amenaza tranquilizó algo a Bonacieux: si hubieran te nido que ejecutarlo en Grève, no merecía la pena amordazarlo, porque estaban a punto de llegar al lugar de la ejecución. En efecto, el coche cruzó la plaza fatal sin detenerse. Ya sólo quedaba que temer la Croix-du-Trahoir: precisamente el coche tomó el camino de ella.
Esta vez no había duda, era la Croix-du-Trahoir, donde se ejecutaba a los criminales subalternos. Bonacieux se había jactado creyéndose digno de Saint-Paul o de la plaza de Grève: ¡era en la Croix-duTrahoir donde iban a terminar su viaje y su destino! No podía ver todavía aquella maldita cruz, pero la sentía en cierto modo venir a su encuentro. Cuando no estuvo más que a una veintena de pasos, oyó un rumor y el coche se detuvo. Era más de lo que podía soportar el pobre Bonacieux, ya derrumbado por las sucesivas emociones que había ex­perimentado; lanzó un débil gemido, que hubiera podido tomarse por el último suspiro de un moribundo, y se desvaneció.
Capítulo XIV
El hombre de Meung
Aquella reunión era producida no por la espera de un hombre al que debían colgar, sino por la contemplación de un ahorcado.
El coche, detenido un instante, prosiguió, pues, su marcha, atravesó la multitud, continuó su camino, enfiló la calle Saint-Honoré, volvió la calle des Bons-Enfants y se detuvo ante una puerta baja.
La puerta se abrió, dos guardias recibieron en sus brazos a Bonacieux, sostenido por el exento; lo metieron por una avenida, lo hicieron subir una escalera y lo depositaron en una antecámara.
Todos estos movimientos eran realizados por él de una forma maquinal.
Había andado como se anda en sueños; había entrevisto los objetos a través de una niebla; sus oídos habían percibido los sonidos sin comprenderlos; hubieran podido ejecutarlo en aquel momento sin que él hubiera hecho un gesto para emprender su defensa, sin que hubiera lanzado un grito para implorar piedad.
Permaneció, pues, sentado de este modo en la banqueta, con la espalda apoyada en la pared y los brazos colgantes, en la misma postura en que los guardias lo habían depositado.
Sin embargo, como al mirar en torno suyo no viese ningún objeto amenazador, como nada indicase que corría un peligro real, como la banqueta estaba convenientemente blanda, como la pared estaba recubierta de hermoso cuero de Córdoba, como grandes cortinas de damasco rojo flotaban ante la ventana, retenidas por alzapaños de oro, comprendió poco a poco que su terror era exagerado, y comenzó a mover la cabeza de derecha a izquierda y de arriba abajo.


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