Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.124
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Llevaron al mercero al mismo calabozo en que había pasado la noche, y lo dejaron solo toda la jornada. Durante toda la jornada el señor Bonacieux lloró como un verdadero mercero, dado que no era un hombre de espada, tal como él mismo nos ha dicho.
Por la noche, hacia las ocho, en el momento en que iba a decidirse a meterse en la cama, oyó pasos en su corredor. Aquellos pasos se acercaron a su calabozo, su puerta se abrió y aparecieron los guardias.
-Seguidme -dijo un exento que venía tras los guardias.
-¡Que os siga! -exclamó Bonacieux-. ¿Que os siga a esta hora? ¿Y adónde, Dios mío?
-Adonde tenemos orden de llevaros.
-Pero eso no es una respuesta.
-Sin embargo, es la única que podemos daros.
-¡Ay, Dios mío, Dios mío! -murmuró el pobre mercero-. Esta vez sí que estoy perdido.
Y siguió maquinalmente y sin resistencia a los guardias que venían a buscarlo.
Tomó el mismo corredor que ya había tomado, atravesó un primer patio, luego un segundo cuerpo de edificios; finalmente, a la puerta del patio de entrada, encontró un coche rodeado de cuatro guardias a caballo. Lo hicieron subir en aquel coche, el exento se colocó tras él, cerraron la portezuela con llave, y los dos se encontraron en una prisión rodante.
El coche se puso en movimiento, lento como un carromato fúnebre. A través de la reja cerrada con candado, el prisionero veía las casas y el camino, eso era todo; pero, como auténtico parisiense que era, Bonacieux reconocía cada calle por los guardacantones, por las muestras, por los reverberos. En el momento de llegar a Saint-Paul, lugar donde se ejecutaba a los condenados de la Bastilla, estuvo a punto de desvanecerse y se persignó dos veces. Había creído que el coche debía detenerse allí. Sin embargo, el coche siguió.
Más lejos, un gran terror lo invadió otra vez. Fue al bordear el cementerio de Saint-Jean, donde se enterraba a los criminales de Esta do. Sólo una cosa lo tranquilizó algo, y es que antes de enterrarlos se les cortaba por regla general la cabeza, y su cabeza estaba aún sobre sus hombros. Pero cuando vio que el coche tomaba la ruta de la Grève, cuando vio los techos picudos del Ayuntamiento, cuando el coche se adentró bajo la arcada, creyó que todo había terminado para él, quiso confesarse con el exento, y, tras su negativa, lanzó gritos tan lastimeros que el exento le anunció que, si seguía ensordeciéndole así, le pondría una mordaza.
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