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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.123

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-De ningún modo -dijo tranquilamente Athos.
-Vos sois el señor D´Artagnan.
-Como veis, sois vos el que aún me lo decís.
-Pero -exclamó a su vez el señor Bonacieux-os digo, señor comisario, que no tengo la más minima duda. El señor D´Artagnan es mi huésped, y en consecuencia, aunque no me pague mis alquileres, y precisamente por eso, debo conocerlo. El señor D´Artagnan es un joven de diecinueve a veinte años apenas, y este señor tiene treinta por lo menos. El señor D´Artagnan está en los guardias del señor Des Essarts, y este señor está en la compañía de los mosqueteros del señor de Tréville: mirad el uniforme, señor comisario, mirad el uniforme.
-Es cierto -murmuró el comisario-; es malditamente cierto.
En aquel momento la puerta se abrió de golpe, y un mensajero, introducido por uno de los carceleros de la Bastilla, entregó una carta al comisario.
-¡Oh, la desgraciada! -exclamó el comisario.
-¿Cómo? ¿Qué decís? ¿De quién habláis? ¡Espero que no sea de mi mujer!
-Al contrario, es de ella. Bonito asunto el vuestro.
-¡Vaya! -exclamó el mercero exasperado-. Haced el favor de decirme, señor, cómo ha podido empeorar por lo que mi mujer haya hecho mientras yo estoy en prisión.
-Porque lo que ha hecho es la consecuencia de un plan tramado entre vosotros, un plan infernal.
-Os juro, señor comisario, que estáis en el más profundo error; que yo no sé nada de nada de lo que debía hacer mi mujer, que soy completamente extraño a lo que ella ha hecho y, que si ella ha hecho tonterías, reniego de ella, la desmiento, la maldigo.
-¡Bueno! -dijo Athos al comisario-. Si ya no tenéis necesidad de mí aquí, enviadme a alguna parte; vuestro señor Bonacieux es irritante.
-Volved a llevar a los prisioneros a sus calabozos -dijo el comisario señalando con el mismo gesto a Athos y a Bonacieux-, que sean guardados con mayor severidad que nunca.
-Sin embargo -dijo Athos con su calma habitual-, si vos estáis buscando al señor D´Artagnan, no veo demasiado bien en qué puedo yo reemplazarlo.
-¡Haced lo que he dicho! -exclamó el comisario-. Y en el secreto más absoluto. ¡Ya habéis oído!
Athos siguió a sus guardias encogiéndose de hombros, y el señor Bonacieux lanzando lamentaciones capaces de ablandar el corazón de un tigre.


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