Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.121
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-Pero yo no os he dicho que le conociese -exclamó Bonacieux desesperado-. Os he dicho, por el contrario...
-Llevaos al prisionero -dijo el comisario a los dos guardias.
-¿Y dónde hay que conducirlo? -preguntó el escribano.
-A un calabozo.
-¿A cuál?
-¡Oh, Dios mío! Al primero que sea, con tal que cierre bien -respondió el comisario con una indiferencia que llenó de horror al pobre Bonacieux.
-¡Ay! ¡Ay! -se dijo-. La desgracia ha caído sobre mi cabeza; mi mujer habrá cometido algún crimen espantoso; me creen su cómplice, y me castigarán con ella; ella habrá hablado, habrá confesado que me había dicho todo; una mujer, ¡es tan débil! ¡Un calabozo, el primero que sea! ¡Eso es! Una noche pasa pronto; y mañana a la rueda, a la horca. ¡Oh, Dios mío! ¡Tened piedad de mí!
Sin escuchar para nada las lamentaciones de maese Bonacieux, lamentaciones a las que por otra parte debían estar acostumbrados, los dos guardias cogieron al prisionero por un brazo y se lo llevaron, mientras el comisario escribía deprisa una carta que su escribano esperaba.
Bonacieux no pegó ojo, y no porque su calabozo fuera demasiado desagradable, sino porque sus inquietudes eran demasiado grandes. Permaneció toda la noche sobre su taburete, temblando al menor ruido; y cuando los primeros rayos del día se deslizaron en la habitacion, la aurora le pareció haber tornado tintes fúnebres.
De golpe oyó correr los cerrojos, y tuvo un sobresalto terrible. Creía que venían a buscarlo para conducirlo al cadalso; así, cuando vio pura y simplemente aparecer, en lugar del verdugo que esperaba, a su comisario y su escribano de la víspera, estuvo a punto de saltarles al cuello.
-Vuestro asunto se ha complicado desde ayer por la noche, buen hombre -le dijo el comisario-, y os aconsejo decir toda la verdad; porque solo vuestro arrepentimiento puede aplacar la cólera del cardenal.
-Pero si yo estoy dispuesto a decir todo -exclamó Bonacieux-, al menos todo lo que sé. Interrogad, os lo suplico.
-Primero, ¿dónde está vuestra mujer?
-Pero si ya os he dicho que me la habían raptado.
-Sí, pero desde ayer a las cinco de la tarde, gracias a vos, se ha escapado.
-¡Mi mujer se ha escapado! -exclamó Bonacieux-. ¡Oh, la desgraciada! Señor si se ha escapado, no es culpa mía os lo juro.
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