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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.120

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-¿De verdad? -preguntó el comisario con aire de duda-. Si realmente fuera así, ¿cómo es que estáis en la Bastilla?
-Cómo estoy, o mejor, por qué estoy -replicó el señor Bonacieux-, eso es lo que me es completamente imposible deciros, dado que yo mismo lo ignoro; pero a buen seguro no es por haber contrariado, conscientemente al menos, al señor cardenal.
-Sin embargo, es preciso que hayáis cometido un crimen, puesto que estáis aquí acusado de alta traición.
-¡De alta traición! -exclamó Bonacieux-. ¡De alta traición! ¿Y cómo queréis vos que un pobre mercero que detesta a los hugonotes y que aborrece a los españoles esté acusado de alta traición? Reflexionad, señor, es materialmente imposible.
-Señor Bonacieux -dijo el comisario mirando al acusado como si sus pequeños ojos tuvieran la facultad de leer hasta lo más profundo de los corazones-, señor Bonacieux, ¿tenéis mujer?
-Sí, señor -respondió el mercero todo temblando, sintiendo que ahí era donde el asunto iba a embrollarse-; es decir, la tenía.
-¿Cómo? ¡La teníais! ¿Pues qué habéis hecho de ella, si ya no la tenéis?
-Me la han raptado, señor.
-¿Os la han raptado? -prosiguió el comisario-. ¿Y sabéis quién es el hombre que ha cometido ese rapto?
-Creo conocerlo.
-¿Quién es?
-Pensad que yo no afirmo nada, señor comisario, y que yo sólo sospecho.
-¿De quién sospecháis? Veamos, responded con franqueza.
El señor Bonacieux se hallaba en la mayor perplejidad: ¿debía negar todo o decir todo? Negando todo, podría creerse que sabía demasiado para confesar; diciendo todo, daba prueba de buena voluntad. Se decidió por tanto a decirlo todo.
-Sospecho -dijo- de un hombre alto, moreno, de buen aspecto, que tiene todo el aire de un gran señor; nos ha seguido varias ve ces, según me ha parecido, cuando iba a esperar a mi mujer al postigo del Louvre para llevarla a casa.
El comisario pareció experimentar cierta inquietud.
-¿Y su nombre? -dijo.
-¡Oh! En cuanto a su nombre, no sé nada, pero si alguna vez lo vuelvo a encontrar lo reconoceré al instante, os respondo de ello, aunque fuera entre mil personas.
La frente del comisario se ensombreció.
-¿Lo reconoceríais entre mil, decís? -continuo.
-Es decir -prosiguió Bonacieux, que vio que había ido descaminado-, es decir...
-Habéis respondido que lo reconoceríais -dijo el comsario-; está bien, basta por hoy; antes de que sigamos adelante es preciso que alguien sea prevenido de que conocéis al raptor de vuestra mujer.


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