Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.113
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Su boca era pequeña y bermeja y aunque su labio inferior, como el de los príncipes de la Casa de Austria, sobresalía ligeramente del otro, era eminentemente graciosa en la sonrisa, pero también profundamente desdeñosa en el desprecio.
Su piel era citada por su suavidad y su aterciopelado, su mano y sus brazos eran de una belleza sorprendente y todos los poetas de la época los cantaban como incomparables.
Finalmente, sus cabellos, que de rubios que eran en su juventud se habían vuelto castaños, y que llevaba rizados, muy claros y con mucho polvo, enmarcaban admirablemente su rostro, en el que el censor más rígido no hubiera podido desear más que un poco menos de rouge, y el escultor más exigente sólo un poco más de finura en la nariz.
Buckingham permaneció un instante deslumbrado; jamás Ana de Austria le había parecido tan bella en medio de los bailes, de las fiestas, de los carruseles como le pareció en aquel momento, vestida con un simple vestido de satén blanco y acompañada de doña Estefanía, la única de sus mujeres españolas que no había sido expulsada por los celos del rey y por las persecuciones de Richelieu.
Ana de Austria dio dos pasos hacia adelante; Buckingham se precipitó a sus rodillas y, antes de que la reina hubiera podido impedírselo, besó los bajos de su vestido.
-Duque, ya sabéis que no he sido yo quien os ha hecho escribir.
-¡Oh! Sí, señora, sí, vuestra majestad -exclamó el duque-, sé que he sido un loco, un insensato
por creer que la nieve se animaría, que el mármol se calentaría; mas, ¿qué queréis? Cuando se ama se cree fácilmente en el amor; además, no he perdido todo en este viaje, puesto que os veo.
-Sí -respondió Ana-, pero debéis saber por qué y cómo os veo, milord. Os veo por piedad hacia vos mismo; os veo porque, insensible a todas mis penas, os habéis obstinado en permanecer en una ciudad en la que, permaneciendo, corréis riesgo de la vida y me hacéis a mí correr el riesgo de mi honor; os veo para deciros que todo nos separa, las profundidades del mar, la enemistad de los reinos, la santidad de los juramentos. Es sacrilegio luchar contra tantas cosas, milord. Os veo, en fin para deciros que no tenemos que vernos más.
-Hablad, señora; hablad, reina -dijo Buckingham-; la dulzura de vuestra voz cubre la dureza de vuestras palabras.
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