Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.110
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-Tenéis razón, señor -dijo D´Artagnan-, nada tengo con vos, sí con la señora.
-¡Con la señora! Vos no la conocéis -dijo el extranjero.
-Os equivocáis, señor, la conozco.
-¡Ah! -dijo la señora Bonacieux con un tono de reproche-. ¡Ah, señor! Tenía yo vuestra palabra de militar y vuestra fe de gentilhombre; esperaba contar con ellas.
-Y yo, señora -dijo D´Artagnan embarazado-. Me habíais prometido. . .
-Tomad mi brazo, señora -dijo el extranjero-, y continuemos nuestro camino.
Sin embargo, D´Artagnan, aturdido, aterrado, anonadado por todo lo que le pasaba, permanecía en pie y con los brazos cruzados ante el mosquetero y la señora Bonacieux.
El mosquetero dio dos pasos hacia adelante y apartó a D´Artagnan con la mano.
D´Artagnan dio un salto hacia atrás y sacó su espada.
Al mismo tiempo y con la rapidez de la centella, el desconocido sacó la suya.
-¡En nombre del cielo, milord! -exclamó la señora Bonacieux arrojándose entre los combatientes y tomando las espadas con sus manos.
-¡Milord! -exclamó D´Artagnan iluminado por una idea súbita-. ¡Milord! Perdón señor, es que vois sois...
-Milord el duque de Buckingham -dijo la señora Bonacieux a media voz-; y ahora podéis perdernos a todos.
-Milord, madame, perdón, cien veces perdón; pero yo la amaba, milord, y estaba celoso; vos sabéis lo que es amar, milord; perdonadme y decidme cómo puedo hacerme matar por vuestra gracia.
-Sois un joven valiente -dijo Buckingham tendiendo a D´Artagnan una mano que éste apretó respetuosamente-; me ofrecéis vuestros servicios, los acepto; seguidnos a veinte pasos hasta el Louvre. ¡Y si alguien nos espía, matadlo!
D´Artagnan puso su espada desnuda bajo su brazo, dejó adelantarse a la señora Bonacieux y al duque veinte pasos y los siguió, dispuesto a ejecutar a la letra las instrucciones del noble y elegante ministro de Carlos I.
Pero afortunadamente el joven secuaz no tuvo ninguna ocasión de dar al duque aquella prueba de su devoción; y la joven y el hermoso mosquetero entraron en el Louvre por el postigo de L´Echelle sin haber sido inquietados.
En cuanto a D´Artagnan, se volvió al punto a la taberna de la Pomme du Pin, donde encontró a Porthos y a Aramis que lo esperaban.
Pero sin darles otra explicación sobre la molestia que les había causado, les dijo que había terminado solo el asunto para el que por un instante había creído necesitar su intervención.
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