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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.109

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Además, la mujer tenía aquella capa negra que D´Artagnan veía aún recortarse sobre el postigo de la calle de Vaugirard y sobre la puerta de la calle de La Harpe.
Además, el hombre llevaba el uniforme de los mosqueteros.
El capuchón de la mujer estaba vuelto, el hombre tenía su pañuelo sobre su rostro; los dos, esa doble precaución lo indicaba, los dos te nían, pues, interés en no ser reconocidos.
Ellos tomaron el puente; era el camino de D´Artagnan, puesto que D´Artagnan se dirigía al Louvre; D´Artagnan los siguió.
D´Arta gnan no había dado veinte pasos cuando quedó convencido de que aquella mujer era la señora Bonacieux y de que aquel hombre era Aramis.
En el mismo instante sintió que todas las sospechas de los celos se agitaban en su corazón.
Era doblemente traicionado por su amigo y por aquella a la que amaba ya como a una amante. La señora Bonacieux le había jurado por todos los dioses que no conocía a Aramis, y un cuarto de hora después de que ella le hubiera hecho este juramento la volvía a encontrar del brazo de Aramis.
D´Artagnan no reflexionó que conocía a la bonita mercera desde hacía tres horas, que no le debía a él nada más que un poco de gratitud por haberla liberado de los hombres perversos que querían raptarla, y que ella no le había prometido nada. Se miró como un amante ultrajado, traicionado, escarnecido; la sangre y la cólera le subieron al rostro, resolvió aclararlo todo.
La joven mujer y el joven hombre se habían dado cuenta de que los seguían, y habían doblado el paso. D´Artagnan tomó carrera, los sobrepasó, luego volvió sobre ellos en el momento en que se encontraban ante la Samaritaine, alumbrada por un reverbero que proyecta ba su claridad sobre toda aquella parte del puente.
D´Artagnan se detuvo ante ellos, y ellos se detuvieron ante él.
-¿Qué queréis, señor? -preguntó el mosquetero retrocediendo un paso y con un acento extranjero que probaba a D´Artagnan que se había equivocado en una parte de sus conjeturas.
-¡No es Aramis! -exclamó.
-No, señor, no soy Aramis, y por vuestra exclamación veo que me habéis tomado por otro, y os perdono.
-¡Vos me perdonáis! -exclamó D´Artagnan.
-Sí -respondió el desconocido -. Dejadme, pues, pasar, porque nada tenéis conmigo.


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