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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.106

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-¡Ah, ya sabía yo que erais un buen joven! -exclamó la señora Bonacieux tendiéndole una mano y poniendo la otra en la aldaba de una pequeña puerta casi perdida en el muro.
D´Artagnan tomó la mano que se le tendía y la besó ardientemente.
-¡Ay, preferiría no haberos visto jamás! -exclamó D´Artagnan con aquella brutalidad ingenua que las mujeres prefieren con frecuencia a las afectaciones de la cortesía, porque descubre el fondo del pensamiento y prueba que el sentimiento domina sobre la razón.
-¡Pues bien! -prosiguió la señora Bonacieux con una voz casi acariciadora y estrechando la mano de D´Artagnan, que no había abandonado la suya-. ¡Pues bien¡ Yo no diré tanto como vos: lo que está perdido para hoy no está perdido para el futuro. ¿Quién sabe si cuando yo esté libre un día no satisfaré vuestra curiosidad?
-¿Y hacéis la misma promesa a mi amor? -exclamó D´Artagnan en el colmo de la alegría.
-¡Oh! Por ese lado, no quiero comprometerme, eso dependerá de los sentimientos que vos sepáis inspirarme.
-Así, hoy, señora...
-Hoy, señor, no estoy segura más que del agradecimiento.
-¡Ah! Sois muy encantadora -dijo D´Artagnan con tristeza-, y abusáis de mi amor.
-No, yo use de vuestra generosidad, eso es todo. Pero, creedlo, con ciertas personas todo se recobra.
-¡Oh, me hacéis el más feliz de los hombres! No olvidéis esta noche, no olvidéis esta promesa.
-Estad tranquilo, en tiempo y lugar me acordaré de todo. ¡Y bien, partid pues, partid, en nombre del cielo! Me esperaban a las doce en punto, y voy retrasada.
-Cinco minutos.
-Sí; pero en ciertas circunstancias cinco minutos son cinco siglos.
-Cuando se ama.
-¿Y quién os dice que no tengo un asunto amoroso?
-¿Es un hombre el que os espera? -exclamó D´Artagnan-. ¡Un hombre!
-Vamos, que la discusión vuelve a empezar -dijo la señora Bo nacieux con media sonrisa que no

estaba exenta de cierto tinte de impaciencia. -No, no, me voy; creo en vos, quiero tener todo el mérito de mi afecto, aunque ese afecto sea una estupidez. ¡Adiós, señora, adiós!
Y como si no se sintiera con fuerza para separarse de la mano que sostenía más que mediante una sacudida, se alejó corriendo, mientras la señora Bonacieux llamaba, como en el postigo, con tres golpes lentos y regulares; luego, llegado al ángulo de la calle, él se volvió: la puerta se había abierto y vuelto a cerrar, la bonita mercera había desaparecido.


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