Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.105
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-¿No conocéis al hombre a cuyo postigo vais a llamar? Vamos, señora, ¿no me creéis demasiado crédulo? -Confesad que habéis inventado esa historia para hacerme hablar, y que vos mismo habéis
creado ese personaje. -Yo no he inventado nada, señora, no creo nada, digo la exacta verdad. -¿Y decíis que uno de vuestros amigos vive en esa casa? -Lo digo y lo repito por tercera vez, en esa casa es donde vive mi amigo, y ese amigo es
Aramis. -Todo esto se aclarará más tarde -murmuró la joven-; ahora, señor, callaos. -Si pudierais ver mi corazón completamente al descubierto -dijo D´Artagnan-, leeríais en él
tanta curiosidad que tendríais piedad de mí, y tanto amor que al instante satisfaríais incluso mi
curiosidad. No tenéis nada que temer de quienes os aman. -Habláis muy deprisa de amor, señor -dijo la mujer moviendo la cabeza. -Es que el amor me ha venido deprisa y por primera vez, y aún no tengo veinte años. La joven lo miró a hurtadillas
-Escuchad, estoy tras su rastro-dijo D´Artagnan-Hace tres meses estuve a punto de tener un duelo con Aramis por un pañuelo semejante al que habéis mostrado a aquella mujer que estaba en su casa, por un pañuelo marcado de la misma manera, estoy seguro.
-Señor -dijo la joven-, me cansáis, os lo juro, con esas preguntas.
-Pero vos, señora, tan prudente pensad en ello; si fuerais arrestada con ese pañuelo, y si ese pañuelo fuera cogido, ¿no os comprometeríais?
-¿Y por qué? ¿Las iniciales no son las mías: C. B., Costance Bo nacieux?
-O Camille de Bois-Tracy.
-Silencio, señor, una vez mas, ¡silencio! ¡Ah! Puesto que los peligros que corro no os detienen, pensad en los que podéis correr vos.
-¿Yo?
-Sí, vos. Corréis peligro en la cárcel, corréis peligro de muerte por el hecho de conocerme.
-Entonces no os dejo.
-Señor -dijo la joven suplicando y juntando las manos-, señor, en el nombre del cielo, en el nombre del honor de un militar, en el nombre de la cortesía de un gentilhombre, alejaos; ved, suenan las doce, es la hora en que me esperan.
-Señora -dijo el joven inclinándose-, no sé negar nada a quien me lo pide así; contentaos, ya me alejo.
-Pero ¿no me seguiréis, no me espiaréis?
-Regreso a mi casa ahora mismo.
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