Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.104
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D´Artagnan ofreció su brazo a la señora Bonacieux, que se cogió de él, mitad riendo, mitad
temblando, y los dos juntos ganaron lo alto de la calle La Harpe. Llegada allí la joven pareció dudar, como ya había hecho en la calle Vaugirard. Sin embargo, por ciertos signos, pareció reconocer una puerta; y se acercó a ella.
-Y ahora, señor -dijo-, aquí es donde tengo que venir; mil gracias por vuestra honorable compañía, que me ha salvado de todos los peligros a que habría estado expuesta. Pero ha llegado el momento de cumplir vuestra palabra: yo he llegado a mi destino.
-¿Y no tendréis nada que temer a la vuelta?
-No tendré que temer más que a los ladrones.
-¿Y eso no es nada?
-¿Qué podrían robarme? No tengo un denario encima.
-Olvidáis ese bello pañuelo bordado, blasonado.
-¿Cuál?
-El que encontré a vuestros pies y que metí en vuestro bolsillo.
-¡Callaos, callaos, desgraciado! -exclamó la joven-. ¿Queréis perderme?
-Ya veis que todavía hay peligro para vos, puesto que una sola palabra os hace temblar y
confesáis que si oyesen esa palabra estaríais perdida. ¡Ah, señora -exclamó D´Artagnan cogiéndole la mano y cubriéndola con una ardiente mirada-, sed más generosa, confiad en mí! No habéis leído todavía en mis ojos que no hay más que afecto y simpatía en mi corazón.
-Claro que sí -respondió la señora Bonacieux-y si me pedís mis secretos, os los diré; pero los de los demás, es otra cosa. -Está bien -dijo D´Artagnan-, yo los descubriré; puesto que ta les secretos pueden tener influencia sobre vuestra vida, es preciso que esos secretos se conviertan en los míos.
-Guardaos de ello -exclamó la joven con una serenidad que hizo temblar a D´Artagnan a su pesar-. ¡No os mezcléis en nada de lo que me atañe, no tratéis de ayudarme en lo que hago! Y esto os lo pido en nombre del interés que os inspiro, en nombre del servicio que me habéis hecho, y que no olvidaré en mi vida. Creed ante todo en lo que os digo. No os ocupéis más de mí, no existo más para vos, que sea como si no me hubierais visto jamás.
-¿Aramis debe hacer lo mismo que yo, señora? -dijo D´Artagnan picado. -Es ya la segunda o tercera vez que pronunciáis ese nombre, señor, y sin embargo os he dicho que no lo conocía.
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