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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.100

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D´Artagnan quedó intrigado.
«¡Y si fuera a ofrecerle mis servicios! -pensó-. Por su aspecto se ve que es joven; quizá sea hermosa. ¡Oh! Sí. Pero una mujer que corre las calles a esta hora no sale más que para reunirse con su amante. ¡Maldita sea! Si fuera a perturbar la cita, sería un mal comienzo para entrar en relaciones.»
Sin embargo, la joven seguía avanzando, contando las casas y las ventanas. No era, por lo demás, cosa larga ni difícil. No había más que tres palacetes en aquella parte de la calle, y dos ventanas con vistas sobre aquella calle: la una era de un pabellón paralelo al que ocupaba Aramis, la otra era la del propio Aramis.
-¡Pardiez! -se dijo D´Artagnan, a quien la nieta del teólogo venía a las mientes-. ¡Pardiez! Estaría bueno que esa paloma rezagada buscase la casa de nuestro amigo. Pero, por vida mía, eso sería demasiado. ¡Ah, mi querido Aramis, por esta vez, quiero tener el corazón limpio!
Y D´Artagnan, haciéndose lo más delgado que pudo, se puso a cubierto en el lado más oscuro de la calle, junto a un banco de piedra situado en el fondo de un nicho.
La joven continuó avanzando, porque además de la ligereza de su paso, que le había traicionado, acababa de hacer oír una breve tos que denunciaba una voz de las más frescas. D’Artagnan pensó que aquella tos era una señal.
Sin embargo, bien porque se hubiera respondido a aquella tos mediante un signo equivalente que había fijado las irresoluciones de la nocturna buscadora, bien porque sin ayuda extraña hubiera reconocido que había llegado al fin de su camino, se acercó resueltamente al postigo de Aramis y llamó con tres intervalos iguales con su dedo encorvado.
-¡Vaya con Aramis! -murmuró D´Artagnan-. ¡Ah, señor hipócrita, os he cogido haciendo teología!
Apenas fueron dados los tres golpes cuando la ventana interior se abrió y una luz apareció a través de los vidrios del postigo.
-¡Ah, ah! -hizo el indiscreto no de las puertas, sino de las ventanas-. ¡Vaya!, esperaban la visita. Veamos, el postigo va a abrirse y la dama entrará escalando. ¡Muy bien!
Pero, para gran asombro de D Artagnan, el postigo permaneció cerrado. Además, la luz que había resplandecido un instante desapareció y todo volvió a la oscuridad.
D´Artagnan pensó que aquello no podía durar así, y continuó mirando con todos sus ojos y escuchando con todas sus orejas.


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