Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.50
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Aquella mirada era de una elocuencia sublime. Athos moriría antes que pedir socorro; pero podía mirar, y con la mirada pedir apoyo. D´Artagnan lo adivinó, dio un salto terrible y cayó sobre el flanco de Cahusac gritando:
-¡A mí, señor guardia, que yo os mato!
Cahusac se volvió, justo a tiempo. Athos, a quien sólo su extremado valor sostenía, cayó sobre una rodilla.
-¡Maldita sea! -gritó a D´Artagnan-. ¡No lo matéis, joven, os lo suplico; tengo un viejo asunto que terminar con él cuando esté curado y con buena salud! Desarmadle solamente, quitadle la espada. ¡Eso es, bien, muy bien!
Esta exclamación le había sido arrancada a Athos por la espada de Cahusac, que saltaba a veinte pasos de él. D´Artagnan y Cahusac se lanzaron a la vez, uno para recuperarla, el otro para apoderarse de ella; pero D´Artagnan, más rápido llegó el primero y puso el pie encima.
Cahusac corrió hacia aquel de los guardias que había matado Aramis, se apoderó de su acero y quiso volver a D´Artagnan; pero en su camino se encontró con Athos, que durante aquella pausa de un instante que le había procurado D´Artagnan había recuperado el aliento y que, por temor a que D´Artagnan le matase a su enemigo, quería volver a empezar el combate.
D´Artagnan comprendió que sería contrariar a Athos no dejarle actuar. En efecto, algunos segundos después, Cahusac cayó con la garganta atravesada por una estocada.
En ese mismo instante, Aramis apoyaba su espada contra el pecho de su adversario derribado, y le forzaba a pedir merced.
Quedaban Porthos y Biscarat: Porthos hacía mil fanfarronadas preguntando a Bicarat qué hora podía ser, y le felicitaba por la compañía que acababa de obtener su hermano en el regimiento de Navarra; pero, mientras bromeaba, nada ganaba. Biscarat era uno de esos hombres de hierro que no caen más que muertos.
Sin embargo, había que terminar. La ronda podía llegar y prender a todos los combatientes, heridos o no, realistas o cardenalistas. Athos, Aramis y D´Artagnan rodearon a Biscarat y le conminaron a rendirse. Aunque solo contra todos y con una estocada que le atravesaba el muslo, Biscarat quería seguir; pero Jussac, que se había levantado sobre el codo, le gritó que se rindiera. Biscarat era gascón como D´Artagnan; hizo oídos sordos y se contentó con reír, y entre dos quites, encontrando tiempo para dibujar con la punta de su espada un lugar en el suelo, dijo parodiando un versículo de la Biblia:
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