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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.46

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-Este es el señor con quien me bato -dijo Athos señalando con la mano a D´Artagnan, y saludándole con el mismo gesto.
-Con él me bato también yo -dijo Porthos.
-Pero a la una -respondió D´Artagnan.
-Y también yo me bato con este señor -dijo Aramis llegando a su vez al lugar.
-Pero a las dos -dijo D´Artagnan con la misma calma.
-Pero ¿por qué te bates tú, Athos? -preguntó Aramis.
-A fe que no lo sé demasiado; me ha hecho daño en el hombro. ¿Y tú, Porthos?
-A fe que me bato porque me bato -respondió Porthos enrojeciendo.
Athos, que no se perdía una, vio pasar una fina sonrisa por los labios del gascón.
-Hemos tenido una discusión sobre indumentaria -dijo el joven.
-¿Y tú, Aramis? -preguntó Athos.
-Yo me bato por causa de teología -respondió Aramis haciendo al mismo tiempo una señal a D´Artagnan con la que le rogaba tener en secreto la causa del duelo.
Athos vio pasar una segunda sonrisa por los labios de D´Artagnan.
-¿De verdad? -dijo Athos.
-Sí, un punto de San Agustín sobre el que no estamos de acuerdo -dijo el gascón.
-Decididamente es un hombre de ingenio -murmuró Athos.
-Y ahora que estáis juntos, señores -dijo D´Artagnan-, permitidme que os presente mis excusas.
A la palabra «excusas», una nube pasó por la frente de Athos, una sonrisa altanera se deslizó por los labios de Porthos, y una señal negativa fue la respuesta de Aramis.
-No me comprendéis, señores -dijo D´Artagnan alzando la cabeza, en la que en aquel momento jugaba un rayo de sol que doraba las facciones finas y osadas-: os pido excusas en caso de que no pueda pagaros mi deuda a los tres, porque el señor Athos tiene derecho a matarme primero, lo cual quita mucho valor a vuestra deuda, señor Porthos, y hace casi nula la vuestra, señor Aramis. Y ahora, señores, os lo repito, excusadme, pero sólo de eso, ¡y en guardia!
A estas palabras, con el gesto más desenvuelto que verse pueda, D´Artagnan sacó su espada.
La sangre había subido a la cabeza de D´Artagnan, y en aquel momento habría sacado su espada contra todos los mosqueteros del reino, como acababa de hacerlo contra Athos, Porthos y Aramis.
Eran las doce y cuarto. El sol estaba en su cenit y el emplazamiento escogido para ser teatro del duelo estaba expuesto a todos sus ardores.


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