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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.42

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comprometida por vos.
-Por nosotros querréis decir -exclamó D´Artagnan.
-¿Por qué habéis tenido la torpeza de devolverme el pañuelo?
-¿Por qué habéis tenido vos la de dejarlo caer?
-He dicho y repito, señor, que ese pañuelo no ha salido de mi bolsillo.
-¡Pues bien, mentís dos veces, señor, porque yo lo he visto salir de él!
-¡Ah, con que lo tomáis en ese tono, señor gascón! ¡Pues bien, yo os enseñaré a vivir!
-Y yo os enviaré a vuestra misa, señor abate. Desenvainad, si os place, y ahora mismo.
-No, por favor, querido amigo; no aquí, al menos. ¿No veis que estamos frente al palacio D´Aiguillon, que está lleno de criaturas del cardenal? ¿Quién me dice que no es Su Eminencia quien os ha encargado procurarle mi cabeza? Pero yo aprecio mucho mi cabeza, dado que creo que va bastante correctamente sobre mis hombros. Quiero mataros, estad tranquilo, pero mataros dulcemente, en un lugar cerrado y cubierto, allí donde no podáis jactaros de vuestra muerte ante nadie.
-Me parece bien, pero no os fiéis, y llevad vuestro pañuelo, os pertenezca o no; quizá tengáis ocasión de serviros de él.
-¿El señor es gascón? -preguntó Aramis.
-Sí. El señor no pospone una cita por prudencia.
-La prudencia, señor, es una virtud bastante inútil para los mosqueteros, lo sé, pero indispensable a las gentes de Iglesia; y como sólo soy mosquetero provisionalmente, tengo que ser prudente. A las dos tendré el honor de esperaros en el palacio del señor de Tréville. Allí os indicaré los buenos lugares.
Los dos jóvenes se saludaron, luego Aramis se alejó remontando la calle que subía al Luxemburgo, mientras D´Artagnan, viendo que la hora avanzaba, tomaba el camino de los Carmelitas Descalzos, diciendo para sí:
-Decididamente, no puedo librarme; pero por lo menos, si soy muerto, seré muerto por un mosquetero.
Capítulo V
Los mosqueteros del rey y los guardias del señor cardenal
D´Artagnan no conocía a nadie en París. Fue por tanto a la cita de Athos sin llevar segundo, resuelto a contentarse con los que hubiera escogido su adversario. Por otra parte tenía la intención formal de dar al valiente mosquetero todas las excusas pertinentes, pero sin debilidad, por temor a que resultara de aquel duelo algo que siempre resulta molesto en un asunto de este género, cuando un hombre joven y vigoroso se bate contra un adversario herido y debilitado: vencido, duplica el triunfo de su antagonista; vencedor, es acusado de felonía y de fácil audacia.


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