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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.40

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Buscaba por tanto en su interior un medio de retirarse lo menos torpemente posible, cuando notó que Aramis había dejado caer su pañuelo y, por descuido sin duda, había puesto el pie encima; le pareció llegado el momento de reparar su inconveniencia: se agachó, y con el gesto más gracioso que pudo encontrar, sacó el pañuelo de debajo del pie del mosquetero, por más esfuerzos que hizo éste por retenerlo, y le dijo devolviéndoselo:
-Señor, aquí tenéis un pañuelo que en mi opinión os molestaría mucho perder.
En efecto, el pañuelo estaba ricamente bordado y llevaba una corona y armas en una de sus esquinas. Aramis se ruborizó excesivamente y arrancó más que cogió el pañuelo de manos del gascón.
-¡Ah, ah! -exclamó uno de los guardias-. Encima dirás, discreto Aramis, que estás a mal con la señora de Bois-Tracy, cuando esa graciosa dama tiene la cortesía de prestarte sus pañuelos.
Aramis lanzó a D´Artagnan una de esas miradas que hacen comprender a un hombre que acaba de ganarse un enemigo mortal; luego, volviendo a tomar su tono dulzarrón, dijo:
-Os equivocáis, señores, este pañuelo no es mío, y no sé por qué el señor ha tenido la fantasía de devolvérmelo a mí en vez de a uno de vosotros, y prueba de lo que digo es que aquí está el mío, en mi bolsillo.
A estas palabras, sacó su propio pañuelo, pañuelo muy elegante también, y de fina batista, aunque la batista fuera cara en aquella época, pero pañuelo bordado, sin armas, y adornado con una sola inicial, la de su propietario.
Esta vez, D´Artagnan no dijo ni pío, había reconocido su error, pero los amigos de Aramis no se dejaron convencer por sus negativas, y uno de ellos, dirigiéndose al joven mosquetero con seriedad afecta da, dijo:
-Si fuera como pretendes, me vería obligado, mi querido Aramis, a pedírtelo; porque, como sabes, Bois-Tracy es uno de mis íntimos, y no quiero que se haga trofeo de las prendas de su mujer.
-Lo pides mal -respondió Aramis-; y aun reconociendo la justeza de tu reclamación en cuanto al fondo, me negaré debido a la forma.
-El hecho es -aventuró tímidamente D´Artagnan-, que yo no he visto salir el pañuelo del bolsillo del señor Aramis. Tenía el pie encima, eso es todo, y he pensado que, dado que tenía el pie, el pañuelo era suyo.


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