Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.38
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La palabra es dura.
-Es la que conviene a un hombre acostumbrado a mirar de frente a sus enemigos.
-¡Pardiez! De sobra sé que no enseñáis la espalda a los vuestros.
Y el joven, encantado de su travesura, se alejó riendo a mandíbula batiente.
Porthos echó espuma de rabia a hizo un movimiento para precipitarse sobre D´Artagnan.
-Más tarde, más tarde -le gritó éste-, cuando no tengáis vuestra capa.
-A la una, pues, detrás del Luxemburgo.
-Muy bien, a la una -respondió D´Artagnan volviendo la esquina de la calle.
Pero ni en la calle que acababa de recorrer, ni en la que abarcaba ahora con la vista vio a nadie. Por despacio que hubiera andado el desconocido, había hecho camino; quizá también había entrado en alguna casa. D´Artagnan preguntó por él a todos los que encontró, bajó luego hasta la barcaza, subió por la calle de Seine y la Croix Rouge; pero nada, absolutamente nada. Sin embargo, aquella carrera le resultó beneficiosa en el sentido de que a medida que el sudor inundaba su frente su corazón se enfriaba.
Se puso entonces a reflexionar sobre los acontecimientos que acababan de ocurrir; eran abundantes y nefastos: eran las once de la mañana apenas, y la mañana le había traído ya el disfavor del señor de Tréville, que no podría dejar de encontrar algo brusca la forma en que D’Artagnan lo había abandonado.
Además, había pescado dos buenos duelos con dos hombres capaces de matar, cada uno, tres D´Artagnan; en fin, con dos mosqueteros, es decir, con dos de esos seres que él estimaba tanto que los ponía, en su pensamiento y en su corazón, por encima de todos los demás hombres.
La coyuntura era triste. Seguro de ser matado por Athos, se comprende que el joven no se inquietara mucho de Porthos. Sin embargo, como la esperanza es lo último que se apaga en el corazón del hombre, llegó a esperar que podría sobrevivir, con heridas terribles, por supuesto, a aquellos dos duelos, y, en caso de supervivencia, se hizo para el futuro las reprimendas siguientes:
-¡Qué atolondrado y ganso soy! Ese valiente y desgraciado Athos estaba herido justamente en el hombro contra el que yo voy a dar con la cabeza como si fuera un morueco. Lo único que me extraña es que no me haya matado en el sitio; estaba en su derecho y el dolor que le he causado ha debido de ser atroz.
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