Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.37
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Que sea a las doce menos diez.
Y se puso a comer como si lo llevara el diablo, esperando encontrar todavía a su desconocido, a quien su paso tranquilo no debía haber llevado muy lejos.
Pero a la puerta de la calle hablaba Porthos con un soldado de guardia. Entre los dos que hablaban, había el espacio justo de un hombre. D´Artagnan creyó que aquel espacio le bastaría, y se lanzó para pasar como una flecha entre ellos dos. Pero D´Artagnan no había contado con el viento. Cuando iba a pasar, el viento sacudió en la amplia capa de Porthos, y D´Artagnan vino a dar precisamente en la capa. Sin duda, Porthos tenía razones para no abandonar aquella parte esencial de su vestimenta, porque en lugar de dejar ir el faldón que sostenía, tiró de él, de tal suerte que D´Artagnan se enrolló en el terciopelo con un movimiento de rotación que explica la resistencia del obstinado Porthos.
D´Artagnan, al oír jurar al mosquetero, quiso salir de debajo de la capa que lo cegaba, y buscó su camino por el doblez. Temía sobre todo haber perjudicado el lustre del magnífico tahalí que conocemos; pero, al abrir tímidamente los ojos, se encontró con la nariz pegada entre los dos hombros de Porthos, es decir, encima precisamente del tahalí.
¡Ay!, como la mayoría de las cosas de este mundo que sólo tienen apariencia el tahalí era de oro por delante y de simple búfalo por detrás. Porthos, como verdadero fanfarrón que era, al no poder tener un tahalí de oro, completamente de oro, tenía por lo menos la mitad; se comprende así la necesidad del resfriado y la urgencia de la capa.
-¡Por mil diablos! -gritó Porthos haciendo todo lo posible por desembarazarse de D´Artagnan que le hormigueaba en la espalda-. ¿Tenéis acaso la rabia para lanzaros de ese modo sobre las personas?
-Perdonadme -dijo D´Artagnan reapareciendo bajo el hombro del gigante-, pero tengo mucha prisa, como detrás de uno, y...
-¿Es que acaso olvidáis vuestros ojos cuando corréis? -preguntó Porthos.
-No -respondió D´Artagnan picado-, no, y gracias a mis ojos veo incluso lo que no ven los demás.
Porthos comprendió o no comprendió; lo cierto es que dejándose llevar por su cólera dijo:
-Señor, os desollaréis, os lo aviso, si os restregáis así en los mosqueteros.
-¿Desollar, señor? -dijo D´Artagnan-.
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